(Reflections on madness)
Es limitante, superficial y erróneo, definir solo la locura como una falsa creencia sostenida con certeza incorregible; lo esencial está en la transformación de la realidad. El delirio no es nunca un mero objeto descriptible desde fuera, porque existe dentro de dimensiones subjetivas e interpersonales. La locura no puede comprenderse únicamente como una alteración biológica. Es también una experiencia humana radical, una forma extrema de relación con el mundo y con los otros. El delirio no es simplemente un error intelectual. Para el enfermo constituye una construcción necesaria que reorganiza su mundo interior y le permite dar sentido a vivencias que de otro modo resultarían insoportables. En la psicosis el sujeto intenta reconstruir un mundo que se ha derrumbado. El delirio aparece entonces como un esfuerzo de la mente por restablecer una coherencia perdida.
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Muchas perturbaciones psíquicas pueden entenderse como trastornos de la relación. El psicótico pierde la capacidad de establecer vínculos vivos con los demás y se repliega sobre sí mismo. El enfermo esquizofrénico se encuentra como separado del mundo humano. Su experiencia carece de la evidencia afectiva que normalmente nos permite comprender y participar en la vida de los otros. La medicina debe recordar siempre que trata con personas, no con mecanismos. La enfermedad afecta a la totalidad del hombre.
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El enfermo puede mantener durante mucho tiempo una apariencia externa de normalidad; sin embargo, su vida interior está profundamente alterada. El pensamiento se vuelve extraño, simbólico, lleno de asociaciones inesperadas que para él poseen una significación absoluta.
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La enfermedad mental es una patología de la libertad humana. No consiste simplemente en una lesión del cerebro, sino en una desorganización del sujeto que ya no logra ejercer de manera armoniosa su capacidad de elección, de acción y de responsabilidad. Las personalidades sensibles reaccionan con extrema intensidad ante la humillación, la crítica o la injusticia. Poseen un sentimiento de dignidad herido que las vuelve especialmente vulnerables.
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El paciente siente que algo ha cambiado en el ambiente del mundo. Todo parece extraño, inquietante, cargado de significación. Las personas, las cosas, incluso los acontecimientos más triviales adquieren un carácter enigmático. El campo familiar se vuelve extraño; algo parece estar ocurriendo, aunque el paciente todavía no sabe qué. La esquizofrenia es, a la vez, sufrimiento real, fractura del mundo vivido, crisis de sentido, categoría histórica y objeto de disputa política. Reducirla a un simple “fallo químico” es pobrísimo; reducirla a mera etiqueta social también se queda corto. La gran tradición fenomenológica y existencial nos obliga a mirar primero la experiencia: qué le pasa al tiempo, al espacio, al cuerpo, a la evidencia del mundo, a la intimidad del yo, a la mirada de los otros. Solo después vienen las clasificaciones.
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Me parece una fórmula magnífica: pérdida del ser y del mundo. Porque en la esquizofrenia no solo se desordena el pensamiento; se rompe la familiaridad básica con la realidad común. El paciente ya no pisa el suelo tácito del mundo intersubjetivo. Lo que para los demás es obvio, natural, dado por supuesto, para él puede volverse opaco, enigmático o invasivo. La experiencia ya no fluye con naturalidad; se vuelve rígida, hiperreflexiva, extrañada. Esta línea, prolongada más tarde por Blankenburg y por la fenomenología contemporánea, sigue viendo la esquizofrenia como un trastorno de la autoevidencia del mundo de la vida.
