El historiador y crítico cultural Christopher Lasch analizó el deporte moderno dentro de la cultura del espectáculo. Lasch veía en el deporte moderno un fenómeno cercano al entretenimiento industrializado:
«El deporte profesional se ha convertido en uno de los grandes espectáculos de la sociedad contemporánea. No promueve tanto la participación como la contemplación pasiva. Millones de personas observan a unos pocos especialistas realizar hazañas físicas mientras ellas mismas permanecen inmóviles, reducidas al papel de espectadores».
El deporte promueve una interminable conversación banal y vacía sobre sí mismo. Ya no se practica: se comenta, glosa y discute. Millones de personas pasan horas debatiendo resultados, tácticas o estadísticas que no afectan en nada a su vida. La muchedumbre se agita, grita y vibra ante lo que no es sino una representación. Como observó Guy Debord, el deporte profesional es uno de los ejemplos más claros de la sociedad del espectáculo: millones de espectadores se relacionan con la realidad a través de la representación de un juego.
Las sociedades modernas han aprendido a mantener a la población ocupada con un flujo continuo de diversiones. Cuando la atención se dirige constantemente hacia espectáculos, competiciones y entretenimiento, el pensamiento crítico se vuelve innecesario. El deporte es una excelente manera de mantener a la gente ocupada con actividades que no exigen reflexión.
«Ese espectáculo del fútbol, que arrastra a las multitudes con un entusiasmo casi religioso, me parece uno de los síntomas de la creciente infantilización de la vida pública. Las masas se agitan y vociferan por una pelota mientras los verdaderos problemas del espíritu permanecen olvidados», Unamuno.
No cabe duda que el culto exagerado al deporte revela a menudo la decadencia de las ocupaciones más altas del espíritu. Allí donde se debilita la vida intelectual florecen los espectáculos que excitan los sentidos.
El deporte profesional se ha convertido en uno de los espectáculos más perfectos de la sociedad contemporánea: millones de personas siguen con pasión algo que no practican y cuya importancia real es mínima. Tal vez por eso el deporte de masas funciona tan bien como ritual colectivo: excita, distrae y ocupa el espacio que antes pertenecía a otras formas de vida intelectual.
