Muchos escritores, pensadores y científicos vivieron adolescencias tormentosas: hipersensibilidad, aislamiento social, refugio en el pensamiento o, de manera omnímoda, refugio en los libros.
Mi gran precocidad intelectual, la sensibilidad psicológica, los intereses culturales muy diferentes del entorno analfabeto, la falta de habilidades sociales, convirtieron mi adolescencia en un periodo duro y amargo. El niño superior suele encontrarse desde temprano en una extraña soledad. Percibe cosas que los demás no perciben todavía. Su vida interior comienza antes. De ahí las burlas, ironías, indiferencia y ostracismo social. La vida de la mente rara vez coincide cómodamente con la vida social.
Además advertía que empezaba a desarrollarse una insidiosa esquizofrenia y me auto-diagnostiqué -correctamente- acudiendo a los libros de psicología y psiquiatría de la biblioteca. Me empezó a turbar el futuro de mi destino.
Los días de mi pubertad transcurrían en gran parte entre libros. Mientras los otros corrían y gritaban en el patio del instituto, yo permanecía en la biblioteca escolar leyendo durante horas. Los personajes de los libros me eran más familiares que muchos de los condiscípulos de mi edad. La literatura y la ciencia formaban una sociedad silenciosa y fiel que nunca me humillaba ni me rechazaba.
Siempre me sentí apartado de los demás. Entre mis compañeros me movía con torpeza, como si perteneciera a otra especie. Los libros eran mi únicos camaradas. En ellos encontraba una claridad y una compañía que la vida cotidiana me negaba.
No guardo rencor a mis compañeros, resentimiento ni agravios. Uno llega a ser lo que es gracias a lo que ha sufrido. La vida de la mente es, por naturaleza, una forma de soledad. La gran cultura siempre ha sido obra de minorías. La mayoría de los hombres vive necesariamente en otro registro de intereses y preocupaciones. La inteligencia puede separar, pero la madurez reconcilia con la diversidad humana. El dolor deja lugar a la lucidez.
