Charles 102

Quedé a las afueras de una biografía común. Como un tren parado de por vida en un andén. Entrando y saliendo de manicomios durante casi cuarenta años. Los demás “cumplían etapas” mientras uno apenas intentaba sobrevivir. De ahí brotaban la humillación, la envidia triste, la impresión de atraso, de mutilación civil, de destiempo. Mi única energía vital fue absorbida por la mera tarea de no hundirme definitivamente.

Se abría un gran hueco en la banquisa entre yo y las otras personas. Ellos estaban juntos en tierra firme, hablando entre sí. Yo estaba solo sobre el hielo. No saben, se lo aseguro, lo que es estar encerrado en una institución psiquiátrica. El cuerpo ya no te pertenece. El pensamiento tampoco. En la lucha contra el dolor, la ansiedad y el miedo cada día, el único método que encontré para seguir viviendo fue seguir creando. Abandonado. Arrojado por el viento. Permanecer en filas rotas esperando mientras las enfermeras cuentan nuestras cucharas. Los pacientes mirándose unos a otros sin verse, las enfermeras moviéndose como sombras cuidadosas.

El hospital de los lunáticos, donde se hallan confinadas diversas especies de locura. Algunos gritan como profetas poseídos; otros ríen con una alegría tan extravagante que resultaba más terrible que el llanto. Los hay que monologan con una gravedad filosófica sobre sistemas del mundo, mientras otros discuten con enemigos imaginarios. De repente uno empieza a agitar los brazos, otro escupe un gargajo verdoso, y, otro, finalmente, golpea de un puñetazo el televisor estropeándolo. Nadie, por cierto, ve la televisión y el comedor es fantasmagóricamente silencioso. Las salas son largas, húmedas, resonantes, con altas ventanas enrejadas por donde entra una luz fría.

Los pacientes deambulan erráticos en los jardines o permanecen sentados en silencio en las salas. Las habitaciones son limpias, con amplias ventanas que dejan entrar el aire y la luz. En algunos rostros se ve una paradójica expresión de paz melancólica; en otros, la inquietud de pensamientos que no logran expresarse. Algunos caminan sin descanso de un lado a otro, como si buscaran una puerta que nunca aparece. Otros se sientan en silencio, mirando el suelo con una obstinación terrible. Por las noches se oyen gritos repentinos, risas extrañas, discusiones con interlocutores invisibles. Es como vivir dentro de un sueño febril del que nadie puede despertar.

La rutina es simple: despertarse temprano, desayunar, distintas actividades aparentemente terapéuticas, paseos, largas horas de inactividad, disciplina, tratamientos farmacológicos rutinarios.

Yo me pasé décadas estirado en la cama de mi habitación hablando con los ruidos del techo.

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