Charles 103

Cada piedra de Venecia en una pintura de Canaletto está colocada con la exactitud de un arquitecto y, sin embargo, todo vive en una atmósfera de luz. Sus palacios se levantan con una dignidad tranquila sobre el agua verde del Gran Canal, mientras las góndolas negras atraviesan la escena como silenciosos pensamientos. Nada está exagerado; todo es serenidad, precisión y aire. Aquí vuelve mi madre.

Las Madonnas de Rafael poseen una serenidad que parece nacida de una emoción perfectamente dominada. En la Virgen del Velo, el gesto delicado con que la madre sostiene al Niño expresa una ternura silenciosa, una intimidad doméstica elevada a lo divino. Aquí vuelve mi madre.

Los nocturnos de Chopin poseen una cualidad crepuscular muy especial. La melodía parece iluminarse desde dentro, como una lámpara cubierta por un velo de seda. Hay en ellos una delicadeza tan extrema que cada nota parece temer romper el silencio del que ha nacido. Aquí vuelve mi madre.

Cómo te echo de menos mamá. Desde tu muerte ya no soy el mismo. Aquella parte de mí que vivía en ti ha desaparecido para siempre. Hay momentos en que la casa me parece llena de tu presencia y, sin embargo, sé que nunca volveré a verte. Todo lo que era dulce en la vida se ha retirado contigo, como la marea que abandona la orilla. Perdí a mi pobre madre. La casa está vacía y mi corazón también. Era el único ser que me comprendía completamente. Ahora todo me parece extraño y desierto. Nunca imaginé que la soledad pudiera ser tan profunda.

Recuerdo la sensación de su amor. Ese recuerdo me acompaña como una luz suave. A veces pienso que todo lo bueno que hay en mí proviene de aquella ternura que nunca dejé de conocer.

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