Charles 104

Mi padre caminaba con la seguridad tranquila de quien sabe que pertenece a una tradición respetable. En su porte había algo de autoridad natural, de racionalidad y disciplina, una mezcla de severidad y nobleza que inspiraba confianza. Era un hombre de finanzas, pero también un hombre de cultura: respetaba los libros, la música, las buenas maneras. Su vida estaba regida por el sentido del deber, por el rigor moral, por la conciencia de representar algo más grande que él mismo: una familia, unas lealtades, una tradición.

De temperamento simpático, pero reservado en lo íntimo, y profundamente honorable. Su figura representaba todo lo que la vieja burguesía barcelonesa consideraba digno: trabajo constante, seriedad, modestia en las palabras y rectitud en los actos. No era un hombre que buscara imponerse mediante la voz o el gesto; su autoridad provenía de una vida ordenada y de una conciencia moral que nunca transigía.

Amaba los libros, la conversación inteligente y la claridad del pensamiento. Era un hombre algo severo; pero había en él una especie de rectitud interior que hacía sentir que ciertas cosas simplemente no debían hacerse. A veces chocamos y sufrió indeciblemente con mi enfermedad.

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