Charles 106

(Meditatio solitudinis)

Uno de los dramas de mi vida: una soledad privativa y excluyente, abrasiva, no fecunda, que daña. Estoy aturdido de soledad. Golpean mi cuerpo de momia en yunques nocturnos. Así, a menudo, mi mente es una turbina que gira muy veloz sobre sí misma y se sale de su eje. Ideas circulares en una habitación morbosa y caldeada. La soledad impuesta es un exilio indigno. Mi carne, frontera de vacío, se fatiga cada día más como un vidrio débil.

El hombre de imaginación vive rodeado de otros, pero rara vez vive con ellos. Hay en su espíritu alcobas secretas donde nadie entra (¿Cómo te arrastraste tanto tiempo dentro?) Allí se acumulan pensamientos que no pueden ser compartidos, sentimientos que no encuentran lenguaje. Y cuanto más intensa es la conciencia, más profunda se vuelve esa separación desesperada (las estrellas valsean rojas y negras y galopan desventrados pájaros de trueno)

Sé que el escritor vive apartado incluso cuando se encuentra entre los hombres. Observa la vida con una intensidad que le impide participar plenamente en ella. Su destino es contemplar, comprender, transformar en forma aquello que para los demás es simplemente existencia. Pero no son pocas las horas en que esa distancia entre él y el mundo es como una navaja afilada que rasga la piel. No pocas veces dioses ocuros son como simas en noches de invierno.

Muy frecuentemente me siento como si caminara sola por una ciudad vacía. La mente trabaja con intensidad, pero el corazón siente un inmenso desierto.

El hombre moderno está rodeado de sistemas, máquinas, instituciones, pero ha perdido el calor humano que daba sentido a la vida. Se encuentra solo en medio de una civilización gigantesca.

A nadie puedo comunicar las cosas que me parecen importantes. Estoy separado de todos por un abismo invisible.

La mente necesita otro cerebro donde resonar. La mente necesita alejarse de pestilentes letrinas.

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