Tomo trece pastillas al día que me dejan como un zombi, de ahí mi poca adherencia al tratamiento. Uno de los dilemas del tratamiento es que algunos pacientes sentimos que la medicación reduce no solo la enfermedad, sino también parte de la intensidad de tu vida. No eres el mismo porque los estados de ánimo forman parte de tu identidad.
Durante décadas los psiquiatras trataron los trastornos mentales con medicamentos que no fueron diseñados a partir de una comprensión profunda del cerebro. Los medicamentos actuales fueron descubiertos en gran medida por accidente y siguen siendo herramientas relativamente burdas. La psiquiatría moderna depende de medicamentos que a menudo producen efectos secundarios significativos y cuyos mecanismos completos todavía no comprenden.
Los llamados fármacos psiquiátricos no curan enfermedades en el sentido en que la insulina cura la diabetes. Son sustancias que modifican tu comportamiento y tu experiencia. Al llamar ‘tratamiento’ a estos efectos, se corre el riesgo de olvidar que lo que realmente hacen es alterar tu estado mental.
Los psicofármacos funcionan principalmente produciendo una alteración global del cerebro. Esta alteración puede reducir temporalmente ciertos síntomas, pero al mismo tiempo puede disminuir tu energía mental, tu creatividad y tu espontaneidad.
No tomo los fármacos para no embotarme vilmente.
