A veces hablé de mi infancia de oro y platino; riqueza material, amor y riqueza espiritual, clases particulares de idiomas, música y dibujo. Amor, ternura y delicadeza.
El jardín olía a mimosas y a hierba húmeda; el sol descendía lentamente detrás de los árboles; y yo sentía una felicidad tan plena que me parecía imposible que el mundo hubiese sido creado para otra cosa que para aquellas horas con papá, mamá y mis hermanas. La casa luminosa, con las ventanas abiertas en verano. Lilas, margaritas silvestres, y el cruel cristal de la enfermedad sin empañar. Todo grande, nuevo, todo convertido en aventura.
Los restaurantes lujosos como palcos de ópera. El aire impregnado de perfumes de cocina refinada. Las mesas cubiertas de lino blanco, las copas delicadas, las voces bajas de los comensales… todo componía una escena de civilización selecta. El restaurante estaba iluminado con una luz dorada que hacía brillar las copas de cristal y la plata de las cuberterías. Los camareros se movían con una precisión casi coreográfica.
Y el espejo azul del mar de Sitges. Las olas apenas respirando sobre la fina arena. El hotel, contiguo al paseo marítimo, se alzaba como un palacio moderno: mármoles brillantes, escaleras amplias y salones llenos de viajeros de la alta burguesía elegante y culta.
Las habitaciones de casa repletas de libros. La biblioteca era la habitación más noble de la casa: un largo salón silencioso donde los libros se alineaban en altas estanterías de roble. Sobre las mesas había volúmenes abiertos, y el fuego de la chimenea proyectaba una luz cálida sobre los lomos de cuero. Era el tipo de estancia que invita a la conversación lenta y al pensamiento.
Y en el búcaro la rosa despliega sus pétalos con una gracia que parece estudiada; el clavel levanta su cabeza perfumada como si quisiera ofrecer su aroma al aire; y las praderas, cuando la primavera las despierta, se cubren de colores tan variados que el ojo apenas puede recorrerlos sin sentirse sorprendido y agradecido. Cada flor, por humilde que sea, parece haber recibido una forma particular destinada a deleitar la vista y el olfato.
Juro que he sido el niño más feliz.
