Charles 115

(Casa de gusto kitsch)

En la habitación se acumulaban objetos elegidos no por su belleza, sino por su ternura: fotografías enmarcadas en imitación de plata, flores de plástico, figuritas de pastores con mejillas rosadas, cuadros de ciervos triscando en el campo, abundantes terciopelos.

Todo parecía dispuesto para producir una emoción inmediata y fácil, como si cada objeto dijera al visitante: «Aquí se ama, aquí se sufre, aquí se siente profundamente».

Sobre la chimenea había una reproducción en colores demasiado brillantes de un paisaje alpino; a su lado, un perro de porcelana sostenía un reloj diminuto entre las patas.

En la mesa redonda descansaban revistas con portadas donde sonreían mujeres excesivamente felices. Todo parecía saturado de esa alegría doméstica prefabricada que hace que el visitante se sienta inmediatamente incómodo.

Los muebles brillaban con un barniz demasiado nuevo, las cortinas estaban adornadas con borlas excesivas y en cada rincón se levantaban figurillas de la omnipresente porcelana que representaban pastores enamorados.

Todo revelaba una aspiración desesperada a la elegancia, pero esa aspiración se había transformado en algo pesado, casi grotesco.

***

Frente a este detestable gusto pequeño burgués, tan universal, invoco a Wilde: “El mal gusto es simplemente la forma más grave de vulgaridad”.

Deja un comentario