Charles 112

La propensión compulsiva a comprar más libros de los que puedes leer; los japoneses incluso tienen una palabra al respecto: «Tsundoku», es decir, comprar libros y acumularlos sin leer.

Las bibliotecas personales son también un mapa de nuestros futuros imaginados. El vivir tanto de la promesa como de la realización. La elaboración de una identidad posible.

El escritor Umberto Eco poseía una enorme biblioteca personal y utilizaba sus libros no leídos como herramientas de pensamiento. La mayoría de la gente considera que una biblioteca es una colección de libros leídos. Eco pensaba exactamente lo contrario. Los libros no leídos son mucho más importantes. Una biblioteca debe funcionar como un recordatorio constante de todo lo que no sabemos. Acuerdo totalmente con esta idea.

No importa que no haya tiempo para leer todos los libros. Basta con saber que existen, que están ahí, esperándonos, nos recordó Borges. El verdadero amante de los libros compra muchos más de los que puede leer. Los compra por curiosidad, por esperanza, por admiración. Una biblioteca es siempre más grande que la vida de su dueño.

Samuel Pepys confesó: “No puedo resistirme a comprar libros cuando los encuentro. Aunque sé perfectamente que jamás tendré tiempo para leerlos todos”. Yo vivo en tres bibliotecas: la de los libros que he leído, la de los libros que estoy leyendo, la de los libros que sueño leer algún día.

Jefferson reunió una de las bibliotecas privadas más extraordinarias del siglo XVIII. Llegó a poseer cerca de siete mil volúmenes, lo que para la época era una cifra colosal. Cuando los británicos incendiaron Washington en 1814 y destruyeron la biblioteca del Congreso, Jefferson ofreció su colección completa para reconstruirla. El Congreso la compró, y esa biblioteca privada se convirtió en el núcleo de la actual Library of Congress.

Jefferson tenía una idea muy clara: “No puedo vivir sin libros.” Su biblioteca era universal: historia, filosofía, ciencia, arquitectura, derecho, agricultura, lenguas clásicas. No coleccionaba libros como objetos, sino como instrumentos de pensamiento.

Aby Warburg creó una biblioteca absolutamente singular: 60.000 volúmenes organizados según asociaciones mentales, no según categorías académicas. La llamó “la ley del buen vecino”: los libros debían colocarse junto a aquellos con los que mantenían una relación intelectual.

Su biblioteca no era un archivo pasivo, sino un organismo vivo de ideas. Era un intento casi heroico de cartografiar la memoria cultural de Occidente. No es casual que Warburg también padeciera crisis nerviosas profundas. Su biblioteca era, en cierto sentido, un mecanismo para ordenar el caos del mundo y de la mente.

Las bibliotecas monstruosas casi siempre pertenecen a personas que sienten intensamente dos cosas al mismo tiempo: la infinita riqueza del conocimiento humano y la desesperante brevedad de la vida. Entre esos dos polos se construyen las grandes bibliotecas privadas. Son al mismo tiempo monumentos de curiosidad y monumentos de melancolía.

Mi biblioteca privada consta de alrededor de 20.000 libros.

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