Charles 116

Durante años fui objeto de desprecio, burlas, humillaciones o descalificaciones —“tonto”, “loco”, “sucio”, «mongolo». Entonces se forma una reserva latente de resentimiento. No domina mi personalidad, pero está ahí. Una parte sigue siendo cordial y abierta, pero la otra acumula furia contra el mundo.

Desde niño comprendí que el mundo estaba hecho para maltratar. Cada conversación, cada gesto, cada institución contiene una pequeña humillación cuidadosamente escondida. Los hombres se agreden unos a otros con una perseverancia que no se agota jamás. Y lo hacen con una sonrisa, como si se tratara de un acto natural.

La humanidad me resulta insoportable. Si uno observa a los hombres durante unos minutos con atención, descubre que casi todo lo que hacen es ridículo, estúpido o mezquino. Se creen importantes, pero en realidad son grotescos. La vida es una agresión continua. Cada día somos empujados, ridiculizados, rebajados por los otros. La existencia misma es una forma de violencia.

Cuando uno ha visto demasiado, ya no puede amar a la humanidad. Lo único que queda es el desprecio.

Deja un comentario