Lo más seguro es que me ingrese en el manicomio. A veces ahí me siento sorprendentemente en paz. Es extraña esa quietud de cementerio. El silencio y rutina del hospital, a veces, insisto, parecen envolverme como un capullo protector. Los talleres, el trato con las enfermeras, la disciplina, son un antídoto o ácido a mis desarreglos. Además, me invade la convicción de que si no puedo dormir pronto enloqueceré y que incluso podría quitarme la vida. No son normales la cantidad siempre presente de mis ideas suicidas. Por ello comprendo que debo buscar ayuda.
El manicomio es un refugio extraño. El cielo y el infierno, el bien y el mal entreverados. Lo odio, y, sin embargo, es el único lugar donde el caos que se agita dentro puede ser contenido. Sumadas, pasé varias décadas en manicomios. Sé lo que es ser enterrado vivo. Sé lo que es que tu vida se quede parada ininterrumpidamente en un oscuro andén.
En un manicomio hay tiempo para pensar. Los días se alargan como largos corredores de horas, y uno vaga por ellos preguntándose cómo ha llegado allí. Es hora del balance, el análisis, y la evaluación. Afuera el mundo continúa a su ritmo normal, pero dentro todo se vuelve más lento, más examinado, más observado. Hay agonías particulares, verdaderos terrores en las salas: el silencio innombrable de las largas noches, el eco de los pasos en los pasillos, el conocimiento de que uno ha llegado a un lugar donde las mentes se han quebrado y que tú mente es una de esas mentes. Pero también pueden ser lugares de seguridad cuando el moribundo cerebro se vuelve peligroso para sí mismo.
El hospital psiquiátrico es un sitio muy duro; parece un mundo aparte, con sus propios ritmos, sus propias reglas y sus propias tragedias silenciosas. Nadie sabe lo que es estar encerrado si no ha vivido los días que se pasan allí sin esperanza. Días, como vio Plath, de campana de cristal.
Los locos son siempre meros huéspedes en la tierra, extranjeros eternos que llevan consigo libros que no pueden leer. Allí estás suspendido entre la vida y el sueño. Los pacientes somos como máquinas que se han estropeado. Dentro, el tiempo se mueve de otra manera, y el gesto más pequeño adquiere un significado inmenso. A la vez, prisión y refugio.
Ingresarme no es una derrota, sino acaso una decisión inteligente. Sí, estar ingresado es algo aterrador, pero también es la salida donde comienzas a comprender que quizá puedas sobrevivir.
