Mi ser no se transformará en una especie de eco estelar y silencioso. No hay consuelo en esa ilusión de permanencia.
Ningún hombre es feliz sino por engaño; y aun ese engaño, tarde o temprano, se disipa, dejando tras de sí no un dolor violento, sino una languidez persistente, una melancolía que se adhiere a todos los pensamientos.
No somos más que una sucesión de impresiones, inestables, fugitivas, que se precipitan unas sobre otras con una rapidez creciente. Y en ese fluir continuo se insinúa una tristeza delicada: nada permanece, todo cede, todo se desliza hacia su propia desaparición. Incluso el placer más intenso arrastra consigo un residuo oscuro, como si el alma supiera —antes que nosotros— que no puede poseer nada sin empezar a perderlo.
Y así siento que yo mismo me disuelvo en este mundo pálido, convertido en una sombra entre sombras, tocado por una melancolía que ya no es mía, sino de todas las cosas. Sin horizonte.
Porque la nostalgia no es otra cosa que la conciencia —lúcida, irreparable— del tiempo perdido.
