La literatura y las artes no “definen” el mal y otros grandes temas humanos (la soledad, el amor, la aventura, la enfermedad, el sexo) con conceptos, sino que los encarnan o muestran en figuras, gestos, atmósferas, decisiones y destinos humanos. Matthew Arnold llamó a la poesía “criticism of life”, y esa fórmula, bien entendida, apunta exactamente a lo que deseo expresar: el arte como examen de la vida humana, no como adorno.
El mal no aparece solo como satanismo, monstruosidad o crimen extremo. A veces es ambición, ideología, orgullo, obediencia burocrática, obsesión, resentimiento, humillación, desprecio, indiferencia. La gran literatura no suele enseñarnos el mal como una excepción extravagante, sino como una posibilidad ordinaria de lo humano. Y precisamente por eso nos inquieta tanto: porque no habla solo de Ricardo III, Macbeth o Kurtz; habla también del funcionario, del vecino, del envidioso, del cobarde, del que se ríe cuando humillan a otro.
No limitaría esta capacidad reveladora a la literatura, sino que la extendería a la música, el cine, la pintura, el teatro. Eso también tiene fundamento. Tolstói, en «What Is Art?», decía que el arte es “one of the means of intercourse between man and man”, un medio de comunicación y contagio de sentimientos. No se trata solo de representar el mundo, sino de hacernos entrar en una experiencia humana.
Del mismo modo que hay maldades minúsculas, hay misericordias minúsculas: un gesto, una mirada, una mano en el hombro, una palabra. La literatura y el arte, cuando son grandes, nos enseñan ambas cosas. La literatura dramatiza el mal a la luz del bien y de los gestos benevolentes.
El ser humano no está compuesto por dos sustancias contrarias, sino que es un ser ambivalente, capaz de compasión y capaz de crueldad, de reconocimiento y de deshumanización. Esa formulación me parece la más fina.
El mal no es un accidente ni una anomalía: es una posibilidad humana. Y precisamente por eso el arte nos inquieta: porque nos obliga a reconocerlo —también— en nosotros.
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Matthew Arnold: “La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida bajo las condiciones fijadas por las leyes de la verdad y de la belleza. No se limita a describir lo que ocurre, sino que examina lo que somos, lo que hacemos y lo que sentimos. En ella se reflejan nuestras pasiones, nuestras flaquezas, nuestras aspiraciones, y también nuestras caídas”.
Arthur Schopenhauer: “Cada individuo se toma a sí mismo como el centro del mundo y está dispuesto a sacrificar todo lo demás a su interés. El mal aparece cuando el sufrimiento ajeno no solo se tolera, sino que se busca deliberadamente, cuando el dolor del otro deja de ser un límite”.
Ingmar Bergman: “El arte penetra directamente en nuestras emociones, en esa habitación crepuscular del alma donde se esconden nuestros miedos, nuestras culpas y nuestros deseos. Allí donde la razón no llega, el arte actúa”.
Gustav Mahler: “La sinfonía debe ser como el mundo: debe abarcarlo todo. Debe contener la luz y la oscuridad, la alegría y la desesperación, la ternura y el terror. Solo así puede ser verdadera”.
