No me limito a la reescritura (tarea de tarugos), sino a la transcripción, al devoto, apasionado y amoroso plagio. Lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Soy un autor perezoso y deshonesto. Hurto, rapiño y usurpo. La mejor de las originalidades no deja de ser más que una imitación juiciosa.
No robo textos: los amo tanto que los rehago desde dentro. La cultura es una red de apropiaciones… copiar es pensar. Montaje, collage, sampleo; neologismos para un arte muy viejo.
Pero es desmotivador plagiar nuestra literatura. La literatura española ha confundido con demasiada frecuencia la viveza del habla tabernaria con la dignidad del estilo; y así ha elevado a categoría lo que no pasa de ser transcripción del burdel.
Aquí no hay ambición verbal, sino palabras verduleras y casticistas. Entre nosotros, el estilo no ha sido un problema: y ahí reside precisamente el problema.
Yo no soy solo un gran usuario de la lengua, sino un gran inventor de ella.
