Charles 121

(El falso aristócrata)

La casa de campo de mi infancia tenía una manera de presentarse que era casi una insinuación moral. No se imponía, sino que persuadía. Sus jardines ordenados, sus habitaciones llenas de objetos cuidadosamente acumulados, sugerían una vida formada por elecciones repetidas durante generaciones. Todo hablaba de gusto, pero de un gusto que se había vuelto naturaleza.

Los salones estaban dispuestos como una obra de arte social. Cada silla, cada lámpara, cada cuadro parecían ocupar su lugar no por utilidad, sino por una necesidad invisible de armonía. Las paredes, cargadas de historia, no mostraban el paso del tiempo: lo absorbían. Allí, el presente no tenía prisa; se extendía como una variación sobre un tema antiguo. Cada objeto tenía una claridad casi irreal, como si el tiempo aún no hubiese aprendido a destruir. La casa estaba impregnada de una felicidad que ahora sé que es frágil.

Cuarenta años después vivo en un gran pazo de la Ribeira Sacra semi-derruido y fantasmagórico. El patio se abre en el centro de la casa como una herida antigua. Las piedras, gastadas por el paso de generaciones, están cubiertas por una película de musgo que devuelve la luz en tonos verdosos, como si la claridad llegase ya enferma. En un rincón, una pila de piedra recoge el agua de un canal roto: cae con un sonido irregular, obstinado, que marca el tiempo mejor que cualquier reloj. Las galerías superiores, de madera oscurecida, se inclinan levemente, como viejas que escuchan. Desde ellas, a veces, parece descender un rumor: pasos que no llegan a ser pasos, voces que no llegan a decirse. El aire está cargado de un olor a ropa húmeda, a hierro oxidado, a recuerdo.

En el patio hay una mesa de mármol agrietada, y sobre ella, un vaso olvidado que ya no pertenece a nadie. Las puertas que dan al patio estánn siempre entreabiertas, como bocas que quisieran hablar, pero desistieran. Detrás de ellas se intuyen habitaciones en penumbra, muebles cubiertos con sábanas, retratos torcidos. Por la tarde, cuando la luz cae en vertical, el patio adquiere una solemnidad absurda: cada grieta de la piedra, cada mancha de humedad, parece cobrar una importancia excesiva, como si todo fuese significativo y al mismo tiempo incomprensible.

Soy una reliquia. Un viejo y falso aristócrata. Soy como una casa antigua que nadie se ha atrevido a derribar. Todo en mí indica una grandeza pasada: la cortesía, el modo de inclinar la cabeza, incluso el silencio. Pero esa grandeza ya no encuentra correspondencia en el mundo. He quedado reducido a la forma de mi propio pasado, como si la sustancia se hubiese retirado, dejando intacta la apariencia.

Vi pasar mi tiempo, y sé que no volverá. No me lamento: comprendo que todo orden humano está destinado a desvanecerse. Pero en mis gestos, en mi manera de ocupar el espacio, persiste algo de aquella antigua autoridad, como una luz que se niega a apagarse del todo.

Mis perros, mi melancolía, los gatos silvestres adoptados, la locura y los libros. Leo, no por instruirme, sino por intensificar mi vida interior. Busco autores que me arranquen de la realidad, que me transporten a estados de ánimo raros, casi infantiles. Cada libro es para mí una droga distinta. Así, mi biblioteca no es una colección de obras, sino un arsenal de sensaciones.

La sociedad, incluso yo mismo, me repugno. No encuentro más que vulgaridad, repetición, estupidez. Las conversaciones me parecen intercambios de lugares comunes; los gestos, imitaciones sin alma.

Aquí sigo.

Deja un comentario