Charles 122

(Fisiología del dandi en tiempos sin lírica)

Pese a la incuria del tiempo falaz y a la engañifa del siglo, pese a mis estados mentales morbosos, subsiste en mí el refinado que se retira del mundo, no necesariamente por desprecio activo, sino por saturación. Ya vi demasiado (por desgracia), ya escuché demasiado (desdichadamente), ya reconocí en todo la misma vulgaridad repetida. Es hora de retirarse a los palacios y placeres de invierno.

Decido entonces vivir para mí mismo, premeditadamente, cultivando sensaciones intensas y leyendo incunables. Mi existencia ya no es una sucesión de hechos, sino de ponderaciones: el busto visto en el museo, la tela analizada en casa de la baronesa, la conversacón con el matemático. Aspirar a parecer inevitable. No buscar persuadir, sino sorprender; no busca agradar, sino fascinar. Vivir ante el espejo con mis anillos y fulares. No salir de la biblioteca.

Y, como esos grandes señores, vivir en mi pazo un tiempo distinto. Sin prisas, porque se pertenece a un tempo más largo. Traje oscuro, líneas limpias, ningún detalle superfluo. Perfección sin énfasis. «Se movía lentamente, no por afectación, sino porque su tiempo no coincidía con el de los demás. En el salón de su casa, rodeado de libros, no leía con avidez, sino con elección. Cada página debía justificar su existencia. No buscaba vivir mucho, sino vivir con estilo. Y, en el fondo, sabía que ese estilo era ya la última forma de resistencia», dijeron sus mejores retratistas.

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