Charles 124

De una infancia y juventud con mucho dinero, abundante, llena de viajes, hoteles, restaurantes, clases privadas, despreocupación, a la demolición de mi madurez. El dinero es la vida. El dinero es la sangre que circula en el cuerpo social. Sin dinero, todo se detiene. Toda vida -cuesta saberlo- es, en el fondo, un proceso de derrumbe. Demasiado tarde comprendí que el lujo era una ilusión que exige su precio con intereses crueles. Lo que llamamos nostalgia no es más que el dolor de una felicidad que sabemos irrepetible. Mi infancia y juventud fueron un paraíso perfectamente protegido… todo estaba impregnado de una luz que nunca he vuelto a encontrar. Mamá de organdí, papá con corbetas de seda. Mis hermanas y yo en los más exclusivos colegios.

Los libros, alineados con una exactitud casi militar en su biblioteca de caoba, no eran objetos: eran presencias. Había volúmenes encuadernados en piel que conservaban el olor de otras manos, de otros siglos. Burguesía hacendada y propietaria culta, preocupada por el saber y la música y el arte. Viajar por Europa era atravesar capas de civilización. París, la inteligencia rosa; Viena, la memoria verde; Venecia, la decadencia roja sublime.

La miseria no ennoblece: degrada. Solo desde una cierta comodidad se puede observar el mundo con claridad. El bienestar material no es un lujo: es la base mínima de una vida civilizada. Como supo ver Hayek: el mercado es un sistema de información; el dinero es su lenguaje. Así, el dinero deja de ser moral o inmoral: es la estructura del conocimiento social.

He sido rico y soy pobre: conozco las dos mentiras. El orden , la estabilidad, la confianza, son caprichos de Fortuna. La riqueza promete más de lo que da. La pobreza quita más de lo que se admite.

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