Charles 126

Comí unas frutas, y, para no sentir la soledad en la cocina, encendí el televisor. Sensación implacable de últimas bocanadas del imperio. La televisión sabe que el espectador es vulnerable a lo fácil, a lo sensacional, a lo inmediato. Y construye un mundo donde lo importante no es lo verdadero, sino lo que retiene la atención.

Periodistas (sic) con los rostros hinchados, los ojos vidriosos, las bocas abiertas en risas obscenas. Sebosos levantando una copa mientras, a su lado, un hombre cae desplomado sin que nadie lo mire. Los miro atentamente en la pantalla. Rostros descompuestos, maquillajes excesivos, cuerpos deformados. La elegancia se vuelve grotesca, la belleza se vuelve máscara. Todo parece enfermo, como si la sociedad misma estuviera en descomposición.

La información se ha convertido en espectáculo. Lo importante ya no es comprender la realidad, sino producir emoción inmediata. La televisión privilegia lo sensacional, lo dramático, lo escandaloso, porque es lo que retiene al espectador. La televisión ha pasado de informar a excitar. El espectador no es tratado como ciudadano, sino como consumidor de estímulos. Todo se vuelve blando, rápido, superficial, emocional. Se habla sin saber, se opina sin pensar, se rellena el tiempo con palabras vacías. El espectáculo ha sustituido al análisis. El «organum diabolicum» convierte la realidad en un simulacro continuo donde lo importante no es lo que ocurre, sino cómo se presenta.

Se mercadea con el dolor ajeno. El dolor se convierte en un material narrativo a explotar. El crimen debe dramatizarse. Lo trágico debe incentivar emociones morbosas y oscuras. En la tertulia política la opinión se confronta como gladiadores en el circo. En la crónica rosa la intimidad, la decencia y la verdad no importan.

Un ejército de esqueletos invade la tierra como una plaga organizada. El cielo es un polvo gris, sin trascendencia. Un rey sigue aferrado a su oro mientras la muerte lo rodea: gesto inútil, patético. Unos amantes tocan música, ajenos —o resignados— mientras todo se derrumba a su alrededor.

Sonrisas tensas, ojos vacíos. Burgueses obesos con manos húmedas, prostitutas con gestos mecánicos, soldados mutilados que deambulan como restos humanos. Todo está iluminado con una claridad cruel, sin sombra redentora.

Nadie parece vivo del todo.

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