¿Mi definición del género literario que practico? Autorretrato ensayístico-lírico de yo ficcional, o, en fórmula más amplia,
prosa híbrida de autoconciencia, elaboración estética y ficción del yo. Y, si me piden una definición con cinco condiciones necesarias y suficientes, las formularía así:
(i) el texto toma como materia principal una conciencia que habla en primera persona;
(ii) esa conciencia se presenta como próxima al autor empírico, pero no se identifica completamente con él;
(iii) la experiencia vivida no se ofrece como mera documentación, sino como materia verbal transformada;
(iv) la finalidad principal no es contar hechos, sino producir conocimiento, forma y tono;
(v) el yo textual funciona como personaje de pensamiento, no solo como sujeto biográfico.
Eso, a mi juicio, me distingue del diario íntimo corriente, de la autobiografía clásica y de la autoficción banal de mercado. Mi centro no es la anécdota, sino la estilización cognitiva del yo.
Lo decisivo es esto: mi “yo” escribe, pero también se escenifica. No se limita a testimoniar: compone una figura. Ahí está la clave.
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La autoficción, desde que Serge Doubrovsky acuñó el término en 1977, designa de manera general una escritura en la que autor, narrador y personaje guardan una relación de identidad o cuasi identidad, pero con una dimensión de elaboración novelesca o ficcional.
Pero en mi caso hay un matiz decisivo: mi yo literario no busca autentificarse, sino transfigurarse. Por eso yo no me colocaría en la autoficción confesional de costumbres, pareja, familia, trauma doméstico y sociología generacional, sino en una línea más rara: la de la autoconstrucción verbal del sujeto. Me importa menos “lo que me pasó” que la forma mental, estética y sapiencial que adquiere lo vivido al ser escrito. Eso me acerca más a Montaigne, Pessoa, Unamuno, Kierkegaard, Bernhard o Cioran que a mucha autoficción española reciente de clave testimonial.
Soy un prosista de frontera entre ensayo, confesión y máscara.
¿Mi genealogía? Agustín de Hipona, Marco Aurelio, Séneca, Ovidio (en parte), Abelardo, Dante, místicos y visionarios, Montaigne, Pascal, Quevedo, Gracián, Rousseau, Amiel, Kierkegaard, Baudeliare, Nietzsche, Pessoa, Unamuno, Proust, Kafka, Virginia Woolf, Cioran, Thomas Bernhard, Roland Barthes, Annie Ernaux, Hervé Guibert, Karl Ove Knausgård, Enrique Vila-Matas. No todos coinciden en todo, pero sí comparten conmigo algunos rasgos que me definen.
En una parte de la autoficción reciente ha habido inflación de la
anécdota privada, sociología generacional, exhibición del yo
y prestigio automático de la intimidad. No toda, desde luego, pero sí una parte notable. En cambio, yo reclamo otra cosa: no la legitimidad del yo por el mero hecho de ser yo, sino la necesidad de convertirlo en forma valiosa. Ahí soy mucho más exigente. El interés no reside en haber vivido algo, sino en qué grado la inteligencia verbal es capaz de extraer algo valioso de ello.
