(Serena meditatio de democratia Hispanica)
La democracia española vive una crisis de confianza, de tono y de clima emocional. La gente puede seguir votando, puede seguir habiendo pluralismo y alternancia, y aun así extenderse la sensación de que el régimen se ha vuelto más bronco, más cínico y menos digno.
Las democracias ya no suelen caer a manos de generales y de la cúpula militar. En la mayor parte del mundo, los golpes militares son raros. En lugar de ello, las democracias mueren a manos de dirigentes electos —presidentes o primeros ministros que subvierten el mismo proceso que los llevó al poder. Algunos de estos líderes desmantelan la democracia rápidamente, como hizo Hitler tras el incendio del Reichstag. Pero más a menudo el proceso es lento, casi imperceptible. Las instituciones democráticas se van erosionando, a menudo bajo una apariencia de legalidad.
El retroceso democrático hoy comienza en las urnas. Los autócratas modernos mantienen un barniz democrático: celebran elecciones, mantienen parlamentos y tribunales, pero manipulan las reglas del juego para inclinar el terreno a su favor. El resultado no es una dictadura clásica, sino un régimen híbrido en el que las instituciones existen, pero dejan de cumplir su función. En España todavía estamos lejos de este tipo de retroceso y subversiones.
Las democracias no dependen únicamente de las leyes escritas; también descansan sobre normas informales, como nuestra mutua tolerancia y la contención institucional. La tolerancia mutua implica reconocer que los adversarios políticos son rivales legítimos, no enemigos existenciales. La contención institucional consiste en abstenerse de utilizar plenamente los poderes legales disponibles cuando ello pondría en peligro el sistema.
La polarización extrema transforma la competencia en una lucha sin cuartel. Cuando los partidos se ven unos a otros como amenazas, la tentación de violar las reglas aumenta. Bajo estas condiciones, los políticos justifican acciones antidemocráticas como necesarias para salvar a la nación.
La idea de que los rivales políticos son enemigos que deben ser derrotados a cualquier precio es profundamente corrosiva. En ese contexto, los ciudadanos dejan de valorar la democracia como un fin en sí mismo y comienzan a verla como un instrumento prescindible.
El auge del populismo autoritario en las naciones occidentales no puede explicarse únicamente por factores económicos. Debe entenderse también como una reacción cultural —una ‘cultural backlash’— frente a cambios sociales profundos que han transformado normas, identidades y valores.
Sectores de la población perciben estos cambios como una amenaza a su identidad y a su estatus. El populismo moviliza estas ansiedades mediante una narrativa que opone ‘el pueblo’ a ‘las élites’ y a ‘los otros´.
La confianza política es un recurso fundamental, pero frágil. Una vez erosionada esa confianza, es difícil de reconstruir. Requiere no solo reformas institucionales, sino también liderazgo político responsable y transparencia sostenida.
