La acatisia (del griego a-kathízein: “no poder sentarse”) es un trastorno del movimiento inducido habitualmente por fármacos, especialmente antipsicóticos y algunos antidepresivos.
Se caracteriza por una sensación subjetiva intensa de inquietud interna acompañada de una necesidad irresistible de moverse, junto con movimientos motores repetitivos (caminar, balancearse, cambiar de postura)
Una tensión interna casi mecánica, una urgencia corporal sin objeto, una incomodidad que no se puede pensar ni resolver, solo intentar -vanamente- escapar de ella. Muchos pacientes decimos: “No puedo estar dentro de mi cuerpo”, “Es como querer salir corriendo de mí mismo”. “No es ansiedad normal, es algo físico y mental a la vez”.
Barnes (referencia clásica en la acatisia): “La acatisia es un trastorno caracterizado por una inquietud subjetiva interna que obliga al paciente a moverse constantemente, a menudo acompañada de una intensa disforia”.
La acatisia no puede reducirse a un trastorno motor; implica una alteración profunda de la experiencia corporal y del sentido del yo encarnado. No puedes quedarte quieto, pero ocurre que tampoco moverte te alivia. Preferiría el dolor a esto. El dolor al menos tiene un lugar. Una agitación que no cesa, indeterminada, flotante, que no se deja pensar, que devora cualquier posibilidad de reposo. Momentos en que no puedo permanecer en un sitio; necesito moverme, como si algo me empujara desde dentro. No estoy enfermo, pero tampoco estoy sano; estoy inquieto en todos los miembros.
Estoy continuamente en tensión. Todo en mí está dispuesto como si esperara otra sacudida. No puedo descansar. Incluso en la cama hay algo que me empuja, una especie de electricidad interior que no cesa. No estoy enfermo, pero tampoco estoy sano; estoy en un estado de expectación constante, como si algo tuviera que desarrollarse en cualquier momento; mi cuerpo no puede sino temblequear.
Siento la acatisia con una intensidad excesiva. Cada impresión me invade como una multitud de hormigas quemándose. Mi sensibilidad es una enfermedad. No puedo más. Condenado: no puedo vivir sin sufrir, y no puedo sentir demasiado sin que me duela vivir. Hay en mí una agitación maníaca que no se aquieta nunca, una inquietud que no tiene causa, pero que lo invade todo como un huracán. No hay reposo posible. Incluso cuando estoy quieto, algo en mi interior, una culebra de agua, se mueve sin cesar. Es una actividad inútil, destructiva, el escurrirse de anguilas, el tiempo que no conduce a nada, pero que no puede detenerse.
Los nervios lo son todo.
