No soy el mismo de un día para otro. Mis opiniones cambian, mis sentimientos cambian, incluso mis disgustos cambian. No hay nada en mí que permanezca. Y, sin embargo, sigo llamando ‘yo’ a esa inconstancia. A veces me siento completamente distinto de quien era hace unas horas. Como si hubiera vivido otra vida entre tanto. No reconozco mis propios sentimientos. Algo se desplaza imperceptiblemente y vacilo. En un mismo día puedo ser valiente y cobarde, entusiasta y abatido. No hay unidad en mí, sino alternancia, y a gran velocidad. En un momento razono como un matemático, y al siguiente soy una fuente de metáforas visionarias. Hay demasiados en mí.
Soy vertical, pero preferiría ser horizontal… No soy lo que debería ser. Hay demasiadas versiones de mí mismo, y no puedo reunirlas. El yo se dispersa y no hay centro que lo sostenga. El hombre moderno no posee cualidades fijas; es un conjunto de posibilidades. Puede ser muchas cosas, y ninguna lo define completamente.
