Hoy, en mi pueblo, había en el aire una suavidad que no era aún calor, sino una insinuación o conato de él, una promesa suspendida que parecía envolver las cosas en una expectativa rosa. El calor era una membrana que filtraba impurezas. Me senté en el jardín a que me diera en la cara ese amago de sol. El jardín todavía no estaba florecido del todo. La primavera me persuade. Y en esa persuasión reside su alto poder: el de transformar el mundo.
¡Embriaguez de la vida! El verde no es un color: es una vibración, un matiz, una onda del arco-iris. Tiembla en los bordes de las hojas recién nacidas, en la carne verde aún húmeda de los brotes, en ese instante -delicada tensión- en que la luz no cae sobre las cosas, sino que parece emerger de ellas.
Primavera.
