Momentos delicados y evanescentes de la experiencia, de integración, completud y vida; cuando sientes que nada terrible puede ocurrirte que no pueda sanar el cosmos; la emoción celeste de un museo italiano, blanco y con luz de heliotropo; perderse y encontrarse en montañas alpinas de música.
Un solo instrumento —desnudo, sin amparo— traza en el aire una línea que no busca apoyo en nada externo. No hay orquesta, no hay fondo: todo debe surgir de esa única voz que, sin embargo, se desdobla, se insinúa múltiple, como si en su interior hubiera otras voces latentes que no necesitan manifestarse del todo.
La línea de los sonidos, concavidad en las aguas rizadas del mar. Una advertencia apenas perceptible, como de palacios donde la vida se sueña. Violines soberanos; mosaicos cegados por la luz.
