(Reflections on language)
Las palabras siguen existiendo, para perdieron su conexión con las cosas. La gente habla, pero no se comunica. El lenguaje ha sido dañado en su raíz y ya no puede decir inocentemente. Las frases se vacían y fragmentan.
Después de los actuales acontecimientos históricos, las palabras parecen haber perdido su inocencia, su rigor y su lucidez. Se usan para mentir, para ocultar, para hacer posible la ignominia Y, sin embargo, seguimos hablando (como primates) como si el lenguaje siguiera siendo un medio transparente a la verdad.
Las palabras abstractas, de las que la lengua debe servirse naturalmente para expresar cualquier juicio, se deshacen en la boca como hongos podridos. Ya no conseguimos pensar o hablar coherentemente sobre nada.
Las palabras se tensan, se agrietan y a veces se rompen bajo el peso de sí mismas, bajo la tensión, y resbalan, se deslizan, y perecen, se descomponen por imprecisión.
El lenguaje no es sólido. Todo nuestro lenguaje es incomprensible. Todo nuestro lenguaje es falso. Los nombres son polvo fino, gangrenado, sellando los labios. Una aureola oscura en los fonemas.
El diálogo continúa…pero es puro automatismo. Fibras deshilachadas del ser.
Toda palabra es una palabra de más. El silencio es el único lenguaje que no traiciona. Es imposible hacer comprender lo que nos sucede. Las palabras no son más que puentes frágiles tendidos sobre abismos. La gramática es una mala herramienta, una herramienta de peligros.
Se habla como siempre —quizá más que nunca—, pero las frases ya no designan nada. Se dice “árbol” y no hay árbol. Se dice “amor” y no existe el amor. Solo sonidos correctos, bien pronunciados, pero perfectamente vacíos. Una sensación: como si el mundo hubiera retrocedido varios pasos y las palabras ya no lo alcanzaran.
