Pienso en las ramificaciones de mi destino si no hubiera estado enfermo. No hay un solo yo frustrado, sino una pluralidad de destinos coexistentes. Imagino versiones más exitosas (músico, matemático, novelista), pero también versiones peores o más oscuras (más infeliz, más inculto, incluso cruel) No solo renunciamos a vidas mejores, también evitamos vidas peores; de alguna manera eso me reconcilia con quien soy.
En efecto, siento que vivo vidas ajenas, que soy otros continuamente. Podría pasear por Estambul con un cielo de hilos de luna. En cada momento de mi vida hay alguien que podría haber sido yo, y que no lo ha sido. Podría haber sido un gran violinista y tenerla entre mis brazos. Me multiplico en posibilidades que no se realizan, y en todas ellas me fragmento.
Podría haber sido cualquier cosa… y sin embargo soy esto.
Y siento, en el fondo de mí, que esas otras vidas continúan existiendo de alguna manera, como si no hubieran sido completamente abandonadas. Permanecen acurrucadas en una galería verde de vidas en potencia. El yo es una cosa incierta, móvil, múltiple. No es más que un pobre punto de intersección de posibilidades.
No soy solo el que soy. Soy también la sombra de todo lo que no llegué a ser.
