Charles 143

Vivir plenamente exige cierto grado de inconsciencia. El hombre que piensa demasiado se vuelve enfermo; la conciencia es, en cierto sentido, una enfermedad. Juro que tener demasiada conciencia es una enfermedad, una enfermedad real y completa (una felicidad que se analiza deja de ser una felicidad absoluta) Para el hombre sería más que suficiente una conciencia ordinaria, la mitad, o la cuarta parte de la que posee un hombre inteligente de nuestro desgraciado siglo (las mejores cosas de la vida no se dejan pensar sin perder algo de su sustancia).… La conciencia es un exceso, un lujo inútil que paraliza la acción. Lo peor es la lucidez excesiva. Se observa actuar, se corrige mientras actúa, se interrumpe… Hay un punto en que la inteligencia, aplicada a la vida, la destruye.

La conciencia no es una simple luz que ilumina el mundo, sino un prisma deformante. Todo lo que percibimos está ya modificado por la manera en que lo recordamos o lo anticipamos. Vivimos en una superposición de tiempos: lo que vemos está contaminado por lo que fue y por lo que imaginamos que será. La realidad no es nunca pura presencia: es un tejido de conciencia. Descomponemos la inocente percepción. Todo ocurre en la mente a través de crípticos lenguajes. En la espesura de la conciencia las cosas pierden contorno. Vacíos, interferencias…

Y frente a todo esto la conciencia dolorosa, desorganizada y, a veces, aterradora (y muy difícil de comprender) del esquizofrénico. Disolución entre pensamiento y realidad, entre interior y exterior, entre el mendigo del yo y el principesco mundo. Conexiones súbitas que te desbordan, extrañamiento radical («Unheimlichkeit»)

Desearía que lo comprendieran. Nuestro mundo interno adquiere una preeminencia tal que los hechos exteriores pierden su valor o se transforman según leyes propias. Las asociaciones no desaparecen, pero se reorganizan de manera peculiar: lo accesorio puede adquirir la máxima importancia, y lo esencial quedar relegado. El yo puede sentirse invadido, fragmentado, expuesto… como si ya no hubiera una frontera segura entre la realidad mental y la realidad extramental.

Los rayos divinos se dirigen a mi persona, las voces hablan de mí, los acontecimientos tienen un significado que me concierne directamente. No es una creencia: es una evidencia inmediata. El resultado no es ausencia de sentido, sino un exceso de sentido desviado. Se pierde la espontaneidad; tal es la autoconciencia de los procesos reflexivos.

La familiaridad con el mundo se nos rompe.

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