Mi tragedia privada… es haber tenido que abandonar mi lengua natural, mi lengua de pensamiento, formación y cultura, libre, rica e infinitamente dócil y dúctil—el catalán— por una versión de segunda categoría y degradada del español.
El catalán era la lengua de la calle y de la academia, de mis paseos por la rambla y por el puerto, una lengua verdadera y viva, precisa, elegante, refinada y civilizada; era la lengua hospitaria, abierta a otros mundos, quirúrgica y de una claridad casi matemática. Entre la roca y la biblia. Entre el Medievo luliano y la más osada vanguardia. El catalán era un sol cenital, una infancia de zoo pacífico, un hangar encendido en el pecho que me permitía levitar.
El español es, para mí, más un lenguaje de mármol y de estupor de cristal, que de corazón. Algo de cabeza y construcción conquistada. De posibilidad de escribir en un estilo gota a gota pensado. Una segunda vida, un nuevo humor. Nube, ojo y mano. Forma tallada y pulido cincel. Lengua abierta a injertos: simbolismo francés, ensayismo inglés, pensamiento oriental, tradición latina. Con el español ahora me siento en paz. Una lengua exuberante que me obliga a humedecer las palabras en un baño de oro.
El francés y el inglés son prótesis, complementos de estudio y escuela. Pese a todo son lenguas que amo mucho, verdaderos honderos y bulevares para la caricia. Y el gallego y el italiano, o, acaso, un achaparrado latín, son nuevas adquisiciones, bellas como un tanque, espadas japonesas con delicias de ideogramas.
El mundo del hombre es el mundo del sentido… y ese sentido se articula en palabras. No hay pensamiento fuera del lenguaje, ni experiencia humana que no esté atravesada por él. Cada lengua traza un mapa distinto de la realidad. Aprender otra lengua es adquirir otra alma. Habitar varias lenguas es vivir en varios mundos.
