Hay días en los que la mente no avanza: se recoge mimosa. No piensa: solo escucha. No busca: se limita a esperar como la luna en la palma de la mano. Todo parece más lento, más difuso, más indeciso. Pero no es esterilidad: es una forma de incubación. La verdadera fecundidad del espíritu no reside en el movimiento continuo, sino en esos momentos en que el pensamiento se detiene, como el agua que se vuelve clara cuando deja de correr. Es entonces hora de tomar un libro -libros lentos-, por lo que mejor que sean de lógica («Logica est ars artium et scientia scientiarum», «la lógica es el arte de las artes y la ciencia de las ciencias»); leer Περὶ σκιᾶς συλλογισμῶν («Sobre la sombra de los silogismos») de Filón de Megara, o leer también «On the Algebra of Doubt», de George Boole.
Hay una sabiduría de la lentitud. La precipitación, ese aguijón en el ojo del perro, empobrece; la demora, lumbre sensual del cerebro, enriquece. El espíritu necesita esas estaciones en las que no produce, pero se prepara.
Porque hay días de tiempo espeso. Hay días en los que el tiempo no fluye, sino que se acumula. En la pantalla, tu autorretrato sale perfecto, admirable. Nada pasa: el tiempo, argent du soleil, se deposita en capas, como el polvo sobre los muebles olvidados. Y en esa acumulación, todo se vuelve más meditativo. Entras en tu biblioteca. «La muntanya d’ametistes», de Jaume Bofill i Mates, y «Horacianes», de Miquel Costa i Llobera. Paisajes civilizados, y equilibrio y serenidad.
La vida no siempre se despliega en movimiento; a veces se contrae. Y en esos momentos nos detenemos sobre la nieve. Esos días, que parecen estériles, son en realidad los más ricos: en ellos se forman, sin que lo sepamos, las impresiones más duraderas: un recuerdo del Canal Grande de Venecia, leer a Píndaro en voz alta desde Delfos, el sabor suspendido de la falta de sueño.
