La verdade de la milanesa no es la verdad: es una capa. Debajo, otra. Y debajo, el sistema. Tarea discepolinónica: descifrar el conchabo de las palabras.
Yo no hablo lenguaje. Trabajo en su subsuelo. Soy Anna Livia Plurabelle: corriente, deriva, vuelta. Venir no es venir. Es girar. Girar hasta que el mundo se afloja en olores: bordes más precisos, sí, pero también más fugitivos. Todo contorno es una huida.
Pensar demasiado abre líneas. Las líneas se abisman: simas, desbarrancaderos, fracturas. Luego se cruzan. Y al cruzarse, anudan.
El nudo aprieta. Aprieta el pensamiento. Hay que soltar. Pero soltar es peligroso: lo importante se escapa, lo velado retrocede, lo que está —sin verse— insiste. Siempre insiste.
Literatura.
El sol de la locura no era un disco en el cielo, sino una presencia total. Estaba en el polvo dorado que se alza al caminar, en el calor retenido de la madera, en la transparencia viva de las hojas. Todo brillaba con una precisión intolerable, como si el mundo acabara de ser inventado y ya estuviera perdiéndose.
NOTA BENE: El clic seco del electroshock. El relámpago amarillo de una libélula. La sombra breve de una nube —pensamiento churruscado. Y, entre esos destellos, lepidópteros. Una claridad demasiado exacta. Una locura que no desborda: ajusta. Y por eso duele.
