Charles 231

No niego que la procesión tenga su encanto pintoresco, pero es un encanto de superficie, de estampa repetida hasta la saciedad. Bajo la cera derretida y el oro bruñido, late una rutina que se disfraza de fervor. Se arrastran pasos, se repiten gestos, se entonan lamentos que han perdido su raíz viva. Y el pueblo, que acude con curiosidad más que con devoción, convierte lo que debiera ser recogimiento en espectáculo. Hay en todo ello una mezcla de teatro y tradición que, lejos de elevar, adormece.

No me atrevería a juzgar la fe de nadie, pero sí me permito dudar de su manifestación pública cuando esta adopta formas tan codificadas. Hay algo en la exhibición del sentimiento religioso que lo vuelve sospechoso, como si al hacerse visible perdiera parte de su autenticidad. Tal vez la fe, si existe, prefiera la sombra, el silencio, lo no dicho.

En días de procesión, las calles se convierten en un teatro donde la fe parece menos una convicción íntima que una costumbre heredada. Las imágenes pasan entre cirios y murmullos, pero en los rostros no hay recogimiento, sino curiosidad; en los gestos, no hay fervor, sino rutina. La religión, que debiera ser cosa del alma, se ha hecho espectáculo de la calle.

En España se va a misa como se va de paseo: para ser visto, para cumplir, para no desentonar. Las beatas, con sus rosarios interminables, no buscan a Dios, sino la confirmación de su propia importancia. Y mientras tanto, el Evangelio —si alguna vez fue algo vivo— yace enterrado bajo una montaña de hábitos, de fórmulas y de hipocresías.

El catolicismo español —y sobre todo el popular— tiene algo de mascarada triste. Mucho ruido de campanas, mucha procesión, mucho santo adornado; pero poca caridad efectiva, poca reflexión, poca verdad. Es una religión que parece hecha para consolar la ignorancia y perpetuarla. Se reza sin entender, se cree sin pensar, se obedece sin saber por qué.

Machado: “Esa España de charanga y pandereta, devota de vírgenes y de procesiones, ha confundido la religiosidad con el ruido. Hay más emoción en el tambor que en el alma, más devoción en el gesto que en la conciencia. Y así, entre rezos mecánicos y fervores pasajeros, se ha olvidado lo esencial: la justicia, la verdad, la humanidad.”

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