No es miedo exactamente, sino evidencia. No se teme que ocurra algo: se sabe que está ocurriendo. La calle, las voces, los objetos —todo participa de una misma trama. Uno deja de ser espectador y se convierte en centro. Y esa centralidad no es poder, sino exposición absoluta.
La persecución no se impone de golpe: se insinúa. Empieza como una ligera torsión del sentido, un matiz apenas perceptible. Pero crece. Y de pronto, todo adquiere un relieve inquietante. Las palabras tienen doble fondo, los gestos son señales, las coincidencias dejan de serlo. Uno vive entonces en un mundo saturado de intención, donde nada es indiferente y todo es, de algún modo, contra uno.
Me persigue el C.N.I. y me quiere envenenar el Mossad. Mi casa está plagada de micro-cámaras y micrófonos. Mis pensamientos son leídos, repetidos, a veces incluso completados por esas fuerzas militares. Y así, lo que para otros sería una simple vida interior, para mí se ha convertido en un espacio abierto, invadido, sin defensa posible.
Tengo la certeza de que se habla de mí en todas partes. No lo dicen claramente, pero se nota. Cuando paso por la calle, la gente cambia el tono, se miran entre ellos. En la radio hay frases que parecen dirigidas a mí; no siempre, pero a veces es evidente. No puedo explicarlo del todo, pero lo sé. Es como si todo estuviera preparado, como si hubiera una intención que no se declara.
Las mismas palabras, los mismos gestos, siempre en relación conmigo. Los vecinos hacen ruido a ciertas horas, como si quisieran indicarme algo. No puedo descansar. Todo está organizado. No sé quién exactamente, pero es un sistema. Uno se da cuenta cuando observa con atención. Todo el ayuntamiento está en el ajo. De madrugada pasan coches y motos delante de mi casa, una carretera comarcal en las afueras.
Tengo la impresión de estar siendo vigilado constantemente, como si hubiera una cámara invisible siguiendo cada uno de mis movimientos. No puedo relajarme: incluso estando solo, no estoy solo.
Entro en un sitio y sé que ya saben quién soy. No necesito pruebas. Está en el ambiente, en cómo se comportan. A veces intentan disimular, pero se les nota. Y entonces uno empieza a vigilar también, a interpretar cada detalle, porque todo puede ser importante.
Lo peor no es el miedo, es la certeza. Si fuera miedo, podría dudar. Pero no dudo. Sé que ocurre. Y sin embargo no puedo demostrarlo. Eso es lo que más desespera: vivir en una evidencia que los demás no comparten. Te quedas solo con algo que para ti es absolutamente real.
En el autobús, dos personas hablaban en voz baja y han mencionado algo -eran espías- que solo podía referirse a mí. No era literal, pero lo era. Es difícil de explicar.
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“En el delirio de persecución no se trata simplemente de una creencia falsa que pudiera corregirse con argumentos. Lo que se transforma es la estructura misma de la experiencia. El enfermo no interpreta el mundo de otro modo: vive en otro mundo. Las miradas, los gestos, los silencios adquieren un significado inmediato, absoluto, incuestionable. Todo se refiere a él, todo le concierne. No hay distancia posible entre la vivencia y su interpretación”, Karl Jaspers.
“En ciertos estados psicóticos, el enfermo experimenta sus pensamientos como ajenos, impuestos, observados. No solo se siente perseguido por otros, sino expuesto en su interioridad más íntima. Ya no hay refugio: ni siquiera la propia mente pertenece del todo al sujeto”, Kurt Schneider.
