Charles 233

Siempre estoy solo, incluso entre los otros, sobre todo entre los otros. La conversación (mis ocasionales tertulias) no es más que un rodeo inútil o subterfugio alrededor de la incomunicación esencial. Decimos palabras, opinamos, argumentamos, intercambiamos frases, pero lo que pensamos —lo que verdaderamente pensamos, nuestro núcleo secreto y privado— permanece intacto, inaccesible, como si cada uno habitara una mónada sin ventanas o celda insonorizada. La soledad no es una circunstancia, un accesorio: es la estructura misma de la vida, el significado de la existencia.

Las doce y cuarto de la noche. Empieza la verdad. El silencio espeso y el miedo. Prefiero este dolor (que dura cuarenta años) a conversaciones fútiles con hombres banales. La esquizofrenia, esencialmente, es abuso de soledad y uso de dolor. Nadie me comprendió. Almaceno un saco de palabras tiernas e introspectivas sin destinatario. A nadie pude decirle que la amaba ¿El amor? Una mascarada, un imposible para enfermos mentales. Escribo y sangro. No hay lenguaje capaz de transmitir lo que ocurre en el interior de un cuerpo desgarrado. Estoy solo como un condenado a galeras remando en su conciencia amurallada.

La soledad: la lepra del siglo XXI. El hombre moderno vive rodeado de faramallas y estrépitos, pero interiormente está desierto. Ha perdido el contacto con las fuerzas profundas que lo sostenían, y en su lugar ha quedado un vacío. Esa soledad no es elegida: es el resultado de una desconexión. Y en ese vacío, la mente se vuelve contra sí misma.

Mi espacio propio es silvestre e inhabitable. Un territorio sin mapas, sin lenguaje compartido. A veces incluso dudo de mi identidad. El contacto con el mundo exterior se debilita hasta casi desaparecer. Vivo entonces en una especie de retiro involuntario, donde las relaciones humanas pierden su significado habitual. Hace una semana que no intercambio una palabra con ningún ser humano. Hablo solo en la habitación y con mi perra. No es simplemente que esté solo: es que ha perdido los medios para no estarlo. Mi vida psíquica se achica, mengua, y con ella la posibilidad de participación en la comunidad.

¿Cómo lograría que ustedes me entendieran? El pensamiento se repliega sobre sí mismo, las emociones pierden su resonancia compartida, y quedo como suspendido en una realidad propia, bizarra. Esa distancia no siempre se percibe como sufrimiento explícito, pero les aseguro que constituye una de las formas más profundas y ácidas de la soledad.

No sé relacionarme, carezco de habilidades sociales. Me duele la cabeza tan solo con oírme hablar en la tertulia al cabo de una hora. Confinado y sin interlocutores, vivo en casa con el mismo silencio con que vivía en el manicomio. En mi agenda de teléfonos, si necesitara ayuda, solo puedo comunicarme con el 112. Sí, lo sé, es patético. No puedo, no logro, no sé hablar ni alcanzar a nadie. Es una desconexión total, una incapacidad para participar en lo que antes era natural. El mundo continúa, pero uno ya no está en él. Esa exclusión —esa imposibilidad de retorno— constituye una de las formas más devastadoras de soledad.

Quiero estar acompañado, pero la presencia ajena me resulta incómoda y lejana, casi irreal. Es una soledad que no se alivia con compañía, porque lo que está dañado es el puente mismo que permite alcanzarla. Me cuesta seguir el hilo de la realidad. Lo más doloroso no es el miedo, sino la desconexión: la sensación de que ya no estoy en el mismo mundo que los demás. Es como si hubiera una pared invisible entre ellos y yo, y no pudiera atravesarla.

No es que no quiera estar con la gente. Es que no sé cómo hacerlo. Las conversaciones parecen ocurrir en otro plano, como si todos siguieran reglas que yo ya no entiendo. Intento participar, pero me pierdo. Y entonces me quedo en silencio, no por elección, sino porque no encuentro el camino de vuelta. A veces siento que estoy viendo la vida a través de un cristal grueso. Veo a la gente hablar, reír, moverse, pero no logro entrar en ese movimiento. Todo parece ligeramente desfasado, como si yo estuviera en otro ritmo. Y en ese desfase, estoy solo —aunque haya gente a mi lado.

Deja un comentario