Charles 235

(Ataques de angustia)

Participar de una especie de espera angustiosa en el abismo; el mundo alrededor, extático, se retuerce ante ti. Algo terrible y definitivo a punto de irrumpir. Hay momentos en que todo se vuelve insoportable: el latido del corazón, la respiración, la conciencia de existir. Uno quisiera escapar de sí mismo, pero no hay salida. Entonces aparece la angustia, no como un pensamiento, sino como una presencia física, como una presión que aplasta el pecho y vacía el mundo de sentido.

Y de pronto todo se vuelve irreal. Las cosas pierden su contorno, los rostros su familiaridad. El corazón late con violencia, pero no hay huida posible. Todo está demasiado cerca, demasiado intenso. Y uno se siente al borde de un colapso, como si la mente fuera a romperse bajo la presión de una realidad que ha dejado de ser soportable.

Terror abrumador. No es miedo a nada en particular; es como si la esencia misma del miedo hubiera invadido mi ser. Siento que algo dentro de mí se desmorona, que la estabilidad de mi mente es una ilusión frágil. Uno vive en un estado de tensión constante, esperando una catástrofe que no llega, pero cuya posibilidad no desaparece nunca.

Siento una presión en el pecho, como si algo pesado se hubiera instalado dentro de mí. Respirar representa un gran esfuerzo. Pensar, aún más. Todo se reduce a esa sensación física de opresión. Y esa imposibilidad de nombrarlo vuelve la angustia aún más insoportable.

Para Thomas Bernhard el miedo no aparece de repente, no cae como un rayo; se instala lentamente, como una humedad que lo impregna todo. Al principio es apenas perceptible, una ligera incomodidad, una tensión difusa. Pero crece. Siempre crece. Y cuando uno quiere darse cuenta, ya está completamente tomado por él. Todo lo que antes era natural se vuelve sospechoso. Cada pensamiento conduce a otro peor. Cada sensación confirma la catástrofe. No hay descanso, porque incluso el reposo está infiltrado por esa inquietud constante. Uno vive en estado de asedio.

El aire, antes leve, comienza a pesarte como toneladas de hierro. Un resorte comprime el alma hasta una viscosidad insoportable. Uno se siente observado por su propia mente psicópata. Karl Jaspers señala que el paciente describe la angustia como una invasión total. No puede localizarla en ninguna parte concreta del cuerpo, pero la siente en todas. Dice: ‘No tengo miedo de algo; tengo miedo en sí. Es como si el mundo se hubiera vuelto peligroso sin razón, como si todo pudiera derrumbarse en cualquier momento.’ Añade que esta vivencia no puede comunicarse plenamente, porque quien no la ha sentido no puede imaginar su intensidad.

La mente se deshace en tiempo real. Empieza en el pecho. Una presión. Luego el corazón se acelera. Intento respirar hondo, pero no puedo. Pienso que me voy a morir. No es una idea: es una certeza. Todo se vuelve irreal, como si estuviera separado del mundo por un cristal. Y lo peor es que nadie lo ve. Para los demás todo está normal. Pero yo estoy en medio de una catástrofe.

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