Charles 238

Eliot: “La tradición no puede heredarse, y si se la quiere, hay que obtenerla mediante un gran esfuerzo. Implica, en primer lugar, el sentido histórico, que obliga a un hombre a escribir no solo con su propia generación en los huesos, sino con el sentimiento de que toda la literatura de Europa, desde Homero, tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. Ningún poeta, ningún artista, tiene su significado completo por sí solo. Su importancia, su apreciación, es la apreciación de su relación con los poetas y artistas muertos”.

Las resonancias, estructuras, detalles, patrones de la verdadera literatura, solo existen para quien leyó mucho. De la nada, nada sale. El conocimiento de la tradición literaria es uno de los instrumentos más importantes con que cuenta un escritor, y debe estar bien afinado. Absorber a otras escrituras es esencial para cualquier escritor serio. Aprender a escribir es aprender a leer. Y aprender a leer es aprender a reconocer la tradición en la que uno se inscribe. La originalidad no consiste en negar a los maestros, sino en dialogar con ellos.

Marguerite Yourcenar: “Todo lo que escribimos está ya, de algún modo, escrito. No se trata de repetir, sino de volver a decir. La cultura no es acumulación de novedades, sino una lenta sedimentación en la que cada obra encuentra su lugar”. Uno escribe siempre después de otros, con otros, contra otros. La literatura es una conversación interminable en la que cada voz se superpone a las anteriores sin anularlas. La ignorancia de la tradición no libera: empobrece. El estilo no nace de la nada. Es el resultado de una larga exposición a otras voces. Quien no ha sido influido, no tiene de qué diferenciarse.

Los antiguos no son una carga, sino una necesaria compañía. La verdadera originalidad no consiste en no parecerse a nadie, sino en haber asimilado tanto que ya no se sabe de dónde viene cada cosa. El gusto se forma por la familiaridad con las mejores obras. Sin ese trato continuo con los modelos, el juicio, la prosa permanece débil e incierta.

Dante dirigiéndose a Virgilio en la «Divina Comedia»: “Tú eres mi maestro y mi autor”.

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