Charles 239

Es conocida la desengañada idea o teoría del amor romántico de Schopenhauer: “El amor no es, en el fondo, más que un artificio de la naturaleza para asegurar la perpetuación de la especie. Todo enamoramiento, por sublime que se presente, tiene su raíz en el instinto sexual, o no es sino un reflejo de él. […] El individuo cree buscar su felicidad, pero en realidad es el genio de la especie el que persigue fines que le son extraños. Por eso el amor es tan poderoso y, al mismo tiempo, tan engañoso: promete una dicha infinita, pero una vez satisfecho, deja tras de sí el vacío o el hastío”.

No tengo quince años para sostener becquerianas nociones del amor. No pocas veces creo que es una construcción ridícula, una especie de aparato teatral que levantamos para no enfrentarnos a la evidencia de que estamos solos. Amamos porque no soportamos la soledad, pero en cuanto amamos, esa soledad se vuelve aún más insoportable. Toda relación es un malentendido sostenido con esfuerzo, una farsa que se mantiene mientras ninguno de los dos tenga el valor de decir la verdad.

Mi admirado Céline dijo al respecto: “El amor, eso es la infinita mentira que nos contamos para poder soportarnos. […]

Se empieza por la ilusión, por la ternura, por la necesidad de no estar solo, y se acaba en el rencor, en la fatiga, en la evidencia brutal de que el otro no era más que un espejo deformado de nuestras propias miserias”.

El amor no es el otro, sino la intensidad con la que lo imaginamos. El amor es una farsa sublime, un juego de máscaras donde cada cual representa el papel que cree que el otro desea ver. Solo cuando la máscara cae aparece la verdad, y esa verdad rara vez es hermosa. El amor pertenece al reino de lo efímero y de lo absoluto al mismo tiempo: dura un instante y, sin embargo, pretende la eternidad. Quizá por eso es tan hermoso como imposible.

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