No creo en la práctica de lo oculto, ni en la evocación de espíritus, . El conocimiento que no pertenece al intelecto, la llamada tradición secreta que atraviesa los siglos como una corriente subterránea es un resto irracional y patético. El mundo visible agota lo real; no es la máscara de un drama más vasto.
Helena Petrovna Blavatsky afirmó con estrategia, estafa y engaño: “La Doctrina Secreta no es una invención moderna, sino la recopilación de enseñanzas que han sobrevivido a la ruina de civilizaciones enteras. El hombre no es un ser aislado, sino una chispa de una inteligencia universal. La ciencia materialista estudia los efectos; el esoterismo, las causas invisibles. Lo que el ignorante llama superstición es, con frecuencia, conocimiento olvidado”.
Las doctrinas como la astrología son inmunes a la refutación: cualquier resultado puede reinterpretarse como confirmación. Por eso no son científicas. El conocimiento avanza no cuando confirmamos, sino cuando intentamos falsar. Parece que muchos intelectuales literarios no entendieron principios elementales de filosofía de la ciencia. Las pseudociencias no mueren cuando fallan, sino que se protegen mediante ajustes ad hoc. La astrología ha sobrevivido siglos no por su poder explicativo, sino por su capacidad de adaptarse sin riesgo. Un programa degenerativo se reconoce porque nunca predice con éxito lo inesperado. El lenguaje debe purificarse de esos pseudo-enunciados que solo simulan significado. La astrología pertenece a este dominio: un uso ilusorio del lenguaje. Cuando una teoría no especifica condiciones claras de verificación, se desliza hacia la vaguedad. Y en esa vaguedad prosperan las ilusiones. El lenguaje oscuro no es profundo: es impreciso.
Nos gusta creer que hay algo más, algún orden secreto que justifique lo que ocurre. Pero esa creencia no es conocimiento: es consuelo. La imaginación humana produce tramas incluso donde no hay ninguna. La superstición es el tributo que la mente indisciplinada rinde al azar. Nada hay más tentador que convertir la coincidencia en destino, ni más vulgar que hacerlo sin ironía. El universo no conspira: somos nosotros quienes, incapaces de soportar su indiferencia, lo adornamos con tramas imaginarias.
Toda esta charlatanería de energías, signos, influencias astrales no es más que una industria de consuelo para imbéciles. La gente necesita explicaciones, aunque sean falsas, porque la verdad —que no hay ninguna— es insoportable. Y entonces inventan sistemas, jerarquías, cielos ordenados, como si el caos pudiera domesticarse con palabras. El deseo de creer es más profundo que la necesidad de saber. De ahí nacen todas las metafísicas de ocasión, todas las astrologías, todas las ilusiones que nos protegen de la evidencia: que no hay ningún designio. El hombre prefiere una mentira cósmica a una verdad trivial.
La fascinación por lo oculto nace del rechazo de la complejidad real. Es más fácil creer en conspiraciones invisibles que comprender cómo funcionan las cosas. El pensamiento mágico no es una forma superior de conocimiento: es una renuncia a él.Cuando las religiones tradicionales se debilitan, surgen sucedáneos: astrología, esoterismo, terapias absurdas. No son signos de espiritualidad, sino de desorientación.
Nada halaga tanto al hombre como la ilusión de que participa en un misterio superior. Y nada lo vuelve más ridículo. Hay espíritus que prefieren las sombras a la luz, no porque vean mejor en ellas, sino porque temen lo que la claridad revela.
