“Muchos llaman locura a lo que no es sino un extravío del juicio, nacido de la mala disposición de las ideas. El entendimiento humano, cuando se aparta de la recta razón, no cae de repente en la oscuridad total, sino que se va desviando poco a poco, como nave que, faltándole el gobierno, no se hunde al instante, pero pierde el rumbo. Así acontece que el sujeto discurre, y aun persuade, pero lo hace sobre fundamentos falsos que tiene por evidentes”, Feijoo.
“No pocas alteraciones del ánimo proceden de las pasiones desordenadas, las cuales, perturbando el equilibrio del cuerpo y del espíritu, inclinan al sujeto a juicios erróneos. La cólera, el miedo, la ambición o la melancolía prolongada disponen al entendimiento a torcerse. Y es de advertir que cuanto más se arraiga una pasión, tanto más difícil es distinguir si el error procede del ánimo o del entendimiento […] La melancolía no es solo tristeza, sino una disposición del espíritu que inclina a ver las cosas bajo un aspecto sombrío y desproporcionado. El melancólico no siempre delira, pero se halla próximo al delirio, porque su juicio, aun conservado, se halla teñido por una constante inclinación al recelo y al temor. En este estado, lo leve parece grave, lo dudoso cierto, y lo indiferente se convierte en amenaza”, Andrés Piquer.
“La locura no destruye la inteligencia, sino que la desvía. El enfermo razona, combina, deduce; pero lo hace bajo la influencia de una idea dominante que altera el valor de todas las demás. De este modo, lo que en un hombre sano sería un juicio aislado, en el alienado se convierte en principio organizador de toda su vida psíquica. No es, pues, la ausencia de razón lo que caracteriza la enajenación, sino la tiranía de una razón parcial, que se ha emancipado de la corrección que le ofrece la experiencia común […] Hay enfermos cuya conducta, fuera del punto de su delirio, es irreprochable. Cumplen con sus deberes, se expresan con propiedad, y aun pueden parecer más atentos que los demás. Pero basta tocar la idea que los domina para que se advierta la fractura interior: una región del espíritu cerrada, donde la evidencia no penetra», Juan Bautista Chinchilla.
“El delirio no es un caos, sino una construcción. El paciente no vive en la ausencia de sentido, sino en un exceso de sentido. Todo adquiere significado, todo se conecta, todo remite a una trama que lo incluye. Lo que desde fuera parece absurdo, desde dentro se presenta como una evidencia organizada. El problema no es la falta de lógica, sino su clausura […] Uno de los rasgos más característicos del pensamiento delirante es su impermeabilidad. No se trata de que el paciente no escuche, sino de que todo lo que escucha es reinterpretado en función de su sistema previo. Así, la realidad no corrige el delirio: lo alimenta. Cada dato nuevo se integra como confirmación, reforzando la estructura que debería cuestionar”, Santiago Lamas Crego.
“En ciertas formas de enajenación, el enfermo conserva una notable lucidez en todos aquellos asuntos que no tocan el núcleo de su afección. Puede discutir, razonar y conducirse con aparente normalidad. Pero esta lucidez es engañosa, pues coexiste con un error fundamental que organiza su pensamiento. Es como si una parte del espíritu permaneciera intacta, mientras otra se halla irrevocablemente alterada […] El estudio de estos enfermos obliga a abandonar la idea vulgar de la locura como desorden total. Antes bien, se observa en ellos una especie de sistema, una regularidad interna que, aunque desviada, posee su propia consistencia. De aquí que el tratamiento no pueda limitarse a la corrección externa, sino que deba intentar penetrar en la lógica misma del delirio”, Vicente Rodríguez Gracia.
“Las enfermedades mentales, en muchos de sus aspectos, no difieren esencialmente de otros trastornos del organismo. Si el corazón puede fallar por una alteración en su funcionamiento mecánico, ¿por qué no admitir que el cerebro, órgano de la conducta, pueda hacerlo por una perturbación en sus conexiones? El problema no es misterioso en su naturaleza, aunque lo sea en sus manifestaciones. Se trata, en última instancia, de circuitos que funcionan de manera inapropiada, generando estados de ansiedad, obsesión o agitación que el paciente no puede controlar por sí mismo”, Christian Sanz.
