Christianus Sanctis, hombre de ingenio claro y costumbres ordenadas, invocó a Vassago Minor (léase el «Liber Officiorum Spirituum») con el propósito de influir levemente en el ánimo de aquellos que le rodeaban. Al principio, observó con satisfacción que ciertas resistencias desaparecían sin conflicto, que ciertas conversaciones se orientaban con facilidad hacia sus fines. Nada parecía forzado: todo sucedía como si hubiera sido siempre así.
Pero pronto advirtió —aunque no quiso reconocerlo— que ya no distinguía entre lo que él había decidido y lo que simplemente ocurría. Sus pensamientos le parecían propios, pero llegaban ya formados, sin el trabajo previo de la deliberación. Y lo que al principio fue ventaja se convirtió en sospecha: si podía inclinar a otros, ¿quién le aseguraba que no era él mismo inclinado?
Christianus comenzó a observar en sí una alteración sutil: todas las opciones le parecían igualmente razonables, pero siempre elegía una con una seguridad que no podía justificar. No dudaba; pero tampoco sabía por qué no dudaba. Y esta ausencia de duda, lejos de tranquilizarle, le inquietaba más que cualquier incertidumbre. Con el tiempo, la inclinación leve se convirtió en hábito. Ya no era necesario invocar: el espíritu obraba por continuidad.
Christianus dejó de elegir. No porque hubiera perdido la capacidad, sino porque cada elección le llegaba ya resuelta, como si alguien —o algo— hubiera pensado por él un instante antes.
En sus últimos días de lucidez, escribió:
«No sé si mis actos me pertenecen. No encuentro en ellos violencia ni imposición, pero tampoco origen. Es como si mi voluntad hubiera sido suavemente desplazada fuera de sí, sin ruptura, sin dolor, sin resistencia. Y lo más terrible es esto: que todo sigue pareciendo norma».
