A uno del pueblo de arriba que me llamó pedante, medio cura, y medio babas, le envié a tomar per angostam viam, aclarando que, dados sus gustos, resultaría por vía augustam. No me entendió. Tal hombre, rústico y bebedor, no era ignorante en una sola cosa, sino en todas: era ignorante en círculo, completo, acabado, sin fisuras por donde pudiera penetrar la inteligencia.
A propósito de los tontos esféricos, recordemos que, en Aristófanes, el necio aparece como figura cómica incapaz de pensar, pero seguro de sí.
«¡Oh, qué feliz es el ignorante que no sabe que lo es! Vive satisfecho, sin sospecha alguna de su propia pobreza. Cree haber dicho algo admirable cuando no ha hecho sino repetir lo último que oyó en la plaza. Y si alguien intenta corregirlo, se irrita, como si le robaran un tesoro. Porque el necio no yerra en una cosa, sino en todas: yerra al hablar, yerra al callar, yerra al juzgar y al elegir. Y aun así, camina erguido, como si la ciudad entera le debiera aplauso».
Tampoco estaría mal recordar aquí a Prátinas (apenas conservamos fragmentos, pero el espíritu dionisíaco y burlesco permite reconstruir el tipo al que nos referimos) Una recreación estilizada podría decir:
«Ríe el coro del hombre que no sabe que es ridículo,
que tropieza y cree danzar,
que balbucea y cree cantar.
Está lleno —¡oh maravilla!— no de sabiduría, sino de ruido,
y su mente, hueca, resuena como bronce mal golpeado.
Nada falta en él, porque nada hay dentro».
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Céline no describe al tonto: lo vomita con vitriolo y furia.
«La gente no piensa. Nunca ha pensado. Se les ha metido en la cabeza cuatro frases hechas, cuatro reflejos, y con eso atraviesan la vida como ganado satisfecho. No hay nada más profundo que rascar. Nada. Y lo peor es que se creen vivos, se creen inteligentes, se creen incluso sensibles. Pero no son más que máquinas de repetir. Si les quitas las palabras que han oído, se quedan en blanco, como una habitación sin muebles. El hombre es así: un vacío que habla. Y cuanto más habla, más se nota el vacío. No hay error en ellos: hay totalidad. Son enteramente falsos, enteramente huecos, enteramente seguros».
Bernhard lleva la idea hasta el extremo lógico:
«Toda mi vida he tenido que tratar con imbéciles. No con uno u otro, sino con todos. La humanidad entera es una acumulación de imbéciles que se confirman mutuamente. El imbécil no comete errores: es el error. No dice tonterías: es la tontería. No actúa mal: es la mala actuación hecha carne. Y lo más insoportable no es su ignorancia, sino su convicción. No hay nada más sólido que un imbécil convencido. Es una construcción sin fisuras. Se puede discutir con un inteligente, incluso con un malvado. Pero con un imbécil no hay nada que hacer. Está completo. Cerrado. Perfectamente acabado en su insuficiencia.»
Nada hay más difícil que hacer comprender a un hombre que no comprende porque la estupidez no consiste en carecer de ideas, sino en carecer de la facultad de advertirlo. Hay cabezas llenas de un vacío ciclópeo.
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Balmes —tan injustamente relegado— convierte la ilustración en método de dignidad intelectual:
«El entendimiento humano no se perfecciona por acumulación, sino por orden. No es el número de ideas lo que ilustra, sino su disposición. Muchos leen, pocos entienden, menos aún juzgan. Y de estos últimos, rarísimos son los que saben juzgarse a sí mismos. El estudio no es un adorno del espíritu, sino su disciplina. Sin él, la mente se disipa en impresiones confusas, en opiniones recibidas, en ecos de lo ajeno. Ilustrarse no consiste en saber mucho, sino en saber bien: en distinguir, en comparar, en someter cada idea a examen».
D´Ors, gran estilista de la inteligencia, escribió que ilustrarse es dar forma a la propia confusión, pasar del tumulto interior a la arquitectura.
Por último citar al baró de Maldà (de su «Calaix de sastre», adaptada y modernizada su ortografía):
«Hi ha molts que passen el dia entre converses buides, sense retenir res del que senten ni del que diuen, com si tot fos vent. Aquests no guanyen res amb el temps, perquè el deixen escapar sense treure’n profit. Jo, en canvi, voldria retenir alguna cosa de cada jornada, encara que sigui poca, perquè em sembla que així la vida no es desfà del tot».
Eso… per augustam viam.
