Tentativas 2

Charles Babbage , en «Passages from the Life of a Philosopher» (libro extraordinario que creo que todavía no está traducido al español), escribió: “Muchos de los llamados autómatas son meras ilusiones mecánicas, cuya finalidad no es ejecutar una operación real, sino producir la apariencia de haberla ejecutado”.

Los autómatas del XVIII no simulaban la vida: simulaban nuestra credulidad. El pato de Vaucanson no digería realmente; la digestión era un truco preparado de antemano. Pero su poder no residía en la verdad de su funcionamiento, sino en la persuasión de su apariencia. La tecnología convence, pero esencialmente es mentira (debería demostrar esta hipótesis), una falsedad adictiva.

En la «Lettre à l’Académie des Sciences sur le canard artificiel» el propio inventor nos aclara: “El pato parece comer, digerir y evacuar; pero todo esto no es sino una imitación. […] No hay verdadera digestión, sino una disposición mecánica que produce una apariencia semejante”.

Deberían advertirnos contra las tecnología como lo hizo, entre muchos otros, el Abbé Jean-Baptiste Lenoir. Así en «Lettre pastorale contre les automates trompeurs et le canard de M. de Vaucanson» escribe: «Se nos presenta en nuestras plazas un pato que come, bebe y evacua como si poseyera vida, y no es sino cobre, fuelles y artificio. Mas digo: donde la naturaleza es imitada sin alma, allí se introduce una sombra que no pertenece al orden de la creación. Imitar sin alma es abrir la puerta al engaño […] El vulgo, incapaz de distinguir entre el signo y la sustancia, cree ver en este artefacto un misterio de la vida. Y así, lo que debía ser curiosidad se vuelve superstición. No es el pato lo que temo, sino el hábito de creer sin juicio […] Dicen sus defensores que todo es mecanismo, que no hay más que ruedas y resortes. Concedido. Pero ¿qué se persigue con tal espectáculo? No instruir, sino maravillar; no esclarecer, sino fascinar. Y la fascinación sin verdad es vecina de lo demoníaco […] No afirmo —Dios me libre— que el inventor invoque espíritus. Pero afirmo que su obra dispone los ánimos para aceptar como natural lo que es artificio, y como verdadero lo que es pura apariencia. Y en esto reside el peligro: no en la máquina, sino en el espíritu que la recibe. Diabolus non semper operatur, sed persuadet”.

No necesitamos máquinas que piensen. Nos basta con máquinas que parezcan pensar… y con hombres dispuestos a creerlo.

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