Hemos tomado posesión de territorios con la idea de civilizar, y lo que hemos hecho es enseñarles nuestras peores costumbres. Fuimos por el mundo con la Biblia en una mano y el arcabuz en la otra.
Españoles, eggs. Nadie ha perdido jamás una apuesta subestimando la inteligencia del pueblo español. Somos la única nación que ha pasado de la barbarie a la decadencia sin civilización por medio. Todo está aquí en estado de superficie: la riqueza, la libertad, el trabajo… pero sin ni una gota de profundidad.
No conozco país donde haya menos independencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en España. La mayoría traza un círculo formidable y hermético alrededor del pensamiento.
“¡Que inventen ellos! […] Nosotros a lo nuestro, a contemplarnos el ombligo, a repetir lo sabido, a vivir de espaldas al esfuerzo creador”, Unamuno. España es un país donde el lenguaje político ha sustituido al pensamiento. Se habla mucho, se dice poco, y lo poco que se dice no importa.
Venga, todos a la procesión del cristo de Mena… y la cervecita con la cuadrilla. Cultura tradicionalmente pobre en conceptos y rica en espectáculo. Mucho faramalla, poca estructura mental. Cernuda: “España ha sido para mí una realidad hostil, un lugar donde el individuo no encuentra espacio para ser plenamente él mismo”.
¡MasterChef! ¡Ibai! ¡Semana santa! Aquí se habla demasiado y se escucha muy poco. Y lo que se dice rara vez tiene consecuencias. La democracia española ha producido ciudadanos satisfechos con muy poco, y esa satisfacción es el mayor obstáculo para cualquier mejora real.
España es un país donde el espectáculo ha sustituido a la realidad. Todo se convierte en representación, en imagen, en ruido. España nunca ha terminado de reconciliarse con la inteligencia. La ha admirado de palabra, pero la ha marginado en la práctica.
“España tiene una relación problemática con la elegancia, entendida no como lujo, sino como forma de precisión y medida. […] Se tiende a lo excesivo o a lo descuidado.”, José Carlos Llop.
