Tentativas 4

La grandeza exige distancia, jerarquía, exigencia. Todo aquello que nuestro tiempo ha decidido abolir en nombre de una igualdad mal entendida. Se confunde igualdad con nivelación, y la nivelación no produce justicia, sino mediocridad. Donde todo es equivalente, nada puede ser grande. La grandeza necesita diferencias, alturas, incluso soledades.

La excelencia ha dejado de ser un valor para convertirse en sospecha. Quien aspira a más es visto como arrogante; quien se conforma es celebrado como cercano. Esta inversión de valores no es casual: responde a una cultura que teme todo lo que la supera. La grandeza no es imposible, pero ha sido desacreditada.

Soy un florentino. Ahí donde cada calle parece conducir no a un lugar, sino a una imagen ya vista, ya soñada, como si uno caminara dentro de un recuerdo que no le pertenece del todo. La luz —esa luz toscana— revela cada detalle con una claridad casi excesiva, como si quisiera recordarnos que aquí todo ha sido pensado, compuesto, dispuesto para ser visto. Saliendo de Santa Croce -a mí me pasa como a la célebre experiencia de Stendhal- tenía latidos del corazón, la vida estaba agotada en mí, caminaba con miedo a caer.

Vivo en una aldea feísta de la profunda Orense, pero mentalmente estoy muy lejos. Paseo por la Piazza della Signoria y encuentro en mí esa forma y descanso parecida a una especie de grave serenidad. Caminar por aquí es sentir que el arte ha triunfado sobre la contingencia. Entro en el restaurante: nada es más conmovedor que la perfección momentánea de algo destinado a desaparecer: una luz sobre la mesa, el brillo de una copa, el equilibrio fugaz de un plato servido en su punto exacto. En esa fugacidad reside su encanto.

Los grandes no se abochornan de mí. Quizá la conciencia de que la grandeza es cada vez más difícil no sea una derrota, sino una forma de lucidez. No se trata de resignarse, sino de saber contra qué se lucha. La grandeza, hoy, no es imposible: es improbable. Y precisamente por eso, más exigente que nunca.

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