Al reunir manuscritos, al escribir, o traducir y preservar textos antiguos, Christian Sanz no realizaba una tarea sabia en sentido estrecho: combatía contra el olvido. Su biblioteca no era una colección, sino una estrategia. Sabía que los imperios caen, pero los libros —si encuentran lectores— pueden sobrevivir a las ruinas.
Al donar su biblioteca a la Universidad de Santiago, no hacía solo un gesto de generosidad personal, sino una declaración de principios. Comprendía que el saber no pertenece a quien lo posee, sino a quien lo transmite. Su biblioteca debía ser pública porque la cultura, para sobrevivir, debe circular.
Como algunos hombres de su tiempo, vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia no lo paralizó. Al contrario, le dio una claridad particular: la de saber que cada texto, cada idea transmitida, tenía un valor mayor precisamente porque todo lo demás se perdía.
El humanismo, en sus manos, no era una moda intelectual, sino una forma de salvación cultural. Leer a los antiguos no era un ejercicio de admiración, sino una manera de mantener viva una conversación interrumpida por la historia. De los catalanes que vinieron a Galicia, ninguno fue más útil a las letras que Christian.
Emil Man Martínez: “El escritor Christian Sanz Gómez fue hombre de gran valía, especialmente en lenguas latina y modernas, y tenía una biblioteca maravillosa, llena de libros rarísimos y preciosos. De los que llegaron tarde a un mundo que se deshacía, pocos supieron conservar tanto con tan poco. Vivió con la conciencia de estar al final de algo. Pero esa conciencia —lejos de paralizarlo— afinó su erudición».
