Una de las coletillas favoritas de Gadamer era instar a sus alumnos y colegas con la exclamación «¡Contradíganme!». Frege, por otra parte, se extrañó cuando un día uno de sus pocos alumnos le expresó su admiración por emplear solo aquellas palabras cuyo significado conocía exactamente. Sobre Frege, probablemente el lógico más importante de la historia tras Aristóteles, ocurrió una tragedia intelectual que demuestra su rigor e incansable amor a la verdad. En una carta fechada el 16 de junio de 1902, Bertrand Russell le escribió exponiéndole su famosa paradoja. Esto demostró que el sistema lógico de Frege era contradictorio, derribando una década de su trabajo sobre la fundamentación de la aritmética. Como el segundo volumen de su obra magna, Grundgesetze der Arithmetik, estaba a punto de publicarse, Frege añadió rápidamente un apéndice en el que incluyó una célebre y dolorosa autocrítica: «Apenas puede haber algo más indeseable para un científico que ver el derrumbe de sus cimientos justamente cuando la obra está acabada. La carta del Sr. Bertrand Russell me ha puesto en esta situación». La obra de su vida, donde demostró un rigor diamantino asombroso, se caía como un castillo de naipes y él reaccionó con majestuosa magnanimidad.
Si algo sabemos de nestras creencias es que difícilmente forman un sistema perfectamente coherente y completo: la única creencia absolutamente verdadera sobre nuestras creencias es una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas. La humildad, el escepticismo, la disposición a corregirlas o modificarlas si conocemos mejores elementos de juicio en su contra, son condiciones irrenunciables de la probidad de pensamiento.
Demasiados se encastillan en su soberbia visión del mundo cerrando los ojos a los cambios, a las ideas mejor formuladas empírica o lógicamente, al aumento de nuestra información sobre los hechos. Esta es una actitud dogmática y muy poco lúcida.
