Una de las historias del cristianismo es la de la lucha del hombre por elevarse por encima de sus propias fragilidades. A pesar de sus crímenes, sus intolerancias y sus guerras, el cristianismo proporcionó al ser humano el marco para entender su propia dignidad. El concepto occidental de los derechos humanos y de la limitación del poder del Estado frente al ciudadano habrían sido, a mi juicio, impensables sin la insistencia agustiniana y paulina en que el alma humana responde ante un tribunal superior al de cualquier césar terrestre.
Soy un agnóstico tenso que propende más al «sí» (basado en argumentos emocionales) que al «no». Me causan zozobra ateos como las Twanda Rebels, Bolaños, Willy Toledo, Almodóvar, Valtònyc o el presidente Sánchez, frente a Descartes, Pascal, Lemaître, Alberto Magno, John Henry Newman, Plantinga, Ockham, Roberto Busa, Bolzano o Clavius. Intuyo —afligido— que es como comparar un traje de Westmancott con una camiseta de Zara. Intuyo, pero no lo sé razonar, que la eminente inteligencia se acerca más a la verdad.
Las palabras no son instrumentos neutros. Entre ellas existen relaciones de compatibilidad, dependencia y exclusión que limitan las combinaciones posibles y hacen inteligibles otras. Un texto no es una mera sucesión de términos, sino una estructura regida por ciertas condiciones internas de coherencia. Cada párrafo constituye una unidad de significado con sus propias reglas de organización, de modo que unas transiciones resultan justificadas mientras que otras rompen su continuidad lógica.
El significado tampoco es uniforme. Se modifica según el contexto, las inferencias que autoriza y las conexiones que establece con otros conceptos. En ese sentido, el lenguaje no solo describe el mundo: también articula las categorías mediante las cuales comprendemos nuestra experiencia y organizamos una tradición intelectual compartida.
Queda entonces una cuestión más profunda. ¿Es el significado una construcción enteramente humana o remite a un orden que la trasciende? Y, si es así, ¿apunta el arte a algo que excede las convenciones del lenguaje, a esas «presencias reales» de las que hablaba Steiner? No lo sé.
Disculpen, estoy cansado y escribo mal. Deliro con atrevimiento y no discurro de un modo perspicaz. No sé.
