Era el verano de los senderos de arena, en que la luz, filtrada por las copas de los «alzinars», dibujaba un mosaico tembloroso sobre el suelo. Se mezclaban el olor de las agujas de pino recalentadas por el sol, el del jazmín abrasado por el bochorno y el rojo esmaltado de la sandía abierta sobre la mesa de mármol del hotel. Trenes diminutos de carcasa metálica, Airgam Boys, una nave espacial luminosa, tebeos desperdigados por la habitación, Stevenson, Salgari y el balón Mikasa.
Ya en Ourense, los carballos parecían repintados por un hada; en las pozas profundas oíamos la voz de las meigas. Raquel, como una «donna angelicata». El atardecer anaranjado anunciaba otra jornada de calor; por la mañana, la niebla se deslizaba entre los prados, y el calor traía consigo el aroma de la fruta madura, de los heniles recién segados y de la frescura que exhalaban los viejos muros de piedra. Por la noche, el placer de abrigarse con una manta. El hueco de un «penedo», convertido en una barca navegable; los juegos con los primos, que parecían no tener fin; y el tiempo suspendido.
