Un horror, vaya.
Internet es, puede ser, una maravilla, una herramienta intelectual deslumbrante. Puedes consultar la obra de Isaac el Ciego (Yitzhak Saggi Nehor), cuyas ideas sobre el Ein Sof (lo Infinito) se conservan digitalizadas en repositorios como la Biblioteca Nacional de Israel (National Library of Israel Digital Manuscripts). Y leer manuscritos de la Genizá del Cairo: colecciones completas de fragmentos del año 1000 accesibles mediante el proyecto Friedberg Jewish Manuscript Society, permitiendo leer, insisto, textos místicos originales desde cualquier pantalla (les recomiendo al respecto un portal: https://www.sefaria.org/texts)
Puedes consultar la Stanford Encyclopedia of Philosophy (SEP); una gran referencia de la filosofía contemporánea, actualizada continuamente por especialistas de todo el mundo. O el Cato Institute & Mises Institute, a saber, extensas bibliotecas digitales con libros clásicos gratuitos de Mises, Hayek o Bastiat.
En dinámica de fluidos, la red permite a laboratorios distantes colaborar en tiempo real sobre supercomputación y simulaciones. Muchos de esos grupos comparten código en GitHub, prepublicaciones sin muro de pago en http://arXiv.org
Eso por no hablar de NASA Eyes y ESASky, que te permiten navegar en 3D interactivo por el sistema solar o el universo profundo usando los mismos datos de telemetría e imágenes satelitales que reciben los centros de control espacial.
Internet, lo mejor y lo peor. Pero, si lo usas con cabeza, es una memoria del pasado que apunta a una promesa del futuro.
NOTA BENE: Pese al carácter de tour d’horizon, prometo que no me asistió la IA en esta nota.
